jueves, 10 de diciembre de 2009

Náuseas



Laura anhelaba tocar tierra. Que el mundo dejara de moverse. Se incorporó un poco. Sólo la noche bañada de espuma entraba por el ojo de buey. No recordaba cuándo había sido la última vez que se levantó de la cama. El camarote se había transformado en su prisión. Y su cuerpo en un cancerbero. La cabeza le daba vueltas y un escalofrío permanente la sacudía con rítmicos estertores.
Cuando el zarandeo calmaba un poco, Laura pensaba en la mujer que le leyó unas piedras recogidas de la arena. Y maldecía el momento en que no le creyó.
Ahora ya no se escuchaban voces. Lo último que ella oyó el día anterior, fue el llanto de un niño, después silencio, sólo interrumpido por ese horrible rechinar a lata, que se deslizaba por los pasillos del barco y se filtraba por debajo de las puertas. Y por el bramido sediento del mar. Otra náusea y otro látigo de dolor. Y en el medio la profecía desoída: Aléjate del mar.
El chirrido se deslizaba lento por el piso, se acercaba, la rodeaba. Ella podía oler ese ácido de herrumbre vieja. Sentía en sus manos el frío salado. Escuchaba cómo rugían sus huesos cuando la proa se hundía hasta el vientre devorador, para volverse nuevamente contra el cielo. Un sudor helado le recorría el cuerpo, blando ya, sin sustancia, sin espesor. Y Laura se sujetaba de la litera, con fuerza, clavando sus uñas en la madera resbalosa, sacudiéndose en una vorágine de sudor y espanto. La náusea le apretaba el pecho, le quitaba el aire. Laura se encogía, se abrazaba, se deslizaba entre las sábanas.
La puerta del camarote se abrió con un ruido a hierros gastados. Y un grito de espanto se dibujó en los ojos de Laura. Afuera, el viento sacudía sus humores.

Cris.



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lunes, 16 de noviembre de 2009

Guerreras insomnes



Andan y desandan el camino
corren se atropellan
desaparecen

de a una o en tropel
inquietas

las dejo que salgan
se apiñen
se desconcierten
se trepen por el aire fresco

dibujen imágenes sutiles
de colores brillantes

que sigan las huellas
persigan memorias
escarben raíces
rescaten sueños

asciendan por el tronco áspero
de lo desconocido

que alteren el paisaje
lo invadan
lo disfracen
lo atormenten

descubran tesoros
bajo la corteza dura

guerreras insomnes
allí están
a pesar de las tormentas
a pesar del desierto
allí están
listas para ocupar

una

página

en

blanco.

domingo, 18 de octubre de 2009

Bajo la encina



Un padre y su hijo deberían estar en la misma sepultura, dijiste, así los frutos tendrían gusto a muerte.
Los fantasmas en vela, alterados de voces, planearon indecisos. Desconcertados. Viuda de negritud, la encina renacía de la niebla. Brillaban sus brazos abiertos sobre un atardecer enlutado.
Dijiste, que el pintor ciego de nubes, enredado en las piedras de la noche, dibujaría una mirada de ojos opacos. Que su boca feroz mordería el vientre desgarrado de historias y hablaría de su desolación infinita. Que el soplo del tiempo que arrastraba su semilla de abandono, emprendería el regreso.
Los gigantes de nácar guiaran tu sueño, dijiste. Y una multitud de cristos llorará sobre tu pecho dormido. Y arderá la noche acunada por cantos de sirena. Y volverá el pintor ciego a desandar el sepia.
Cuando reposen los muertos cansados de sueños bajo los olmos, dijiste, crujirán los tréboles ante el fuego rapaz del destino. Y el futuro regresará una y otra vez a despertar al pasado. Dijiste, que danzarán luces sobre las tumbas. Que se alzarán destellos de polvo. Que los frutos tendrán gusto a muerte. Y dijiste, que al fin podrán bajo la encina, resucitar los huesos del hijo.

Soledad

Soledad
CRUZAGRAMAS: un grupo de escritores en busca de alternativas
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.