
Si acaso la esperanza se agotara
harta de mí
mis manos olvidaran tu nombre
y mis labios lamentaran la palabra
aún así
¿quedaría tu espalda desnuda
para cargar mi sonrisa muerta?
Cris.
Pintura: Edward Hopper
"..., tu afán que da forma al deseo, toma del deseo su forma, y crees que gozas por toda Anastasia cuando sólo eres su esclavo"




De España venía. De Andalucía. Más precisamente de un pueblo pequeño llamado Jerez. Muy pocas cosas viajaron con ella. Una imagen de La Dolorosa, un mantel bordado a bolillos por su madre y su tesoro más preciado: un mantón de Manila que había pertenecido a su abuela. Todo entraba en la valija marrón que arrastraba por las calles del barrio, San Telmo. Su nuevo hogar. Lo demás, lo llevaba puesto. Quince años de mirada perpleja y un andar cadencioso de flamenco en la sangre. El conventillo de Don José le abrió las puertas y le cerró la ilusión. Carmencita lloró todas las noches de su alma, hasta que agotó el último suspiro. Y cuando al fin abrió los ojos, su mirada ya no tenía el brillo de las luces de colores, ni el canto alegre de las comadres en la feria, ni el verso galante de los jóvenes del pueblo. Cada noche, al volver de la casa de sus patrones, lastimadas las manos por el agua fría y la lavandina, abría la maleta y sacaba sus pequeños tesoros, los ponía sobre la cama y les cantaba, muy quedo, esa nana que su madre le había enseñado. Luego, se cubría los hombros con el mantón de Manila y danzaba su sangre sobre el piso frío del cuarto. Los largos flecos negros subían, bajaban, trenzaban historias de amor y desesperación, de olvidos y esperanzas.
Le acomodó el cabello con pulcritud mientras murmuraba palabras quedas, apenas susurradas, sobre su frente. Luego besó con amorosa lentitud sus ojos. Sonrió cuando miró sus entreabiertos labios pálidos y le abrochó el botón del cuello de la camisa blanca. Giró sobre sí misma con crujidos de su larga pollera de lino azul. Caminó despaciosa sobre la misma alfombra que acunó noches eternas de insomnio y deseo. Se enfrentó con su sombra y no se reconoció en esa mirada turbia, opaca, desnuda. En un gesto tan de ella, se sujetó el pelo hacia atrás con las dos manos y siguió su camino.