La encuentro cada tardecita. No comprende mi idioma.
Su boca se abre enormemente desdentada en una risa loca.
La miro seria. Me mira jocosa.
Cada tardecita, cuando sopla la brisa tibia, sale ella, casi desnuda. Casi yo.
Abre la puerta de los taxis. Extiende una mano llena de historias, donde rueda una falsa moneda, hipócrita.
Y yo me sonrío. No puedo evitar sentirme ella.
Y así no odio.
Me resbala el discurso del trajeado hombre de negocios.
Del estudiante eterno, que corta calles, lleva pancartas y vive de sus padres.
De la caritativa anciana enjoyada.
Me siento ella. Sólo un momento.
Ese momento eterno del atardecer cuando el sol escapa al agobio,
a la desesperanza. Al dolor que nos hermana, nos emparenta, nos abraza.
Y río como ella
ajena a la historia que justifica su historia.
A los cientos de papeles, de leyes, de redistribución equitativa de la riqueza.
Me río como ella
de las declamaciones de la izquierda y de la derecha
del centro y de las transversales.
Me río de los políticos corruptos y de los gremialistas enriquecidos ilícitamente.
Me río de los planes sociales
de los subsidios a familiares
de los viajes robados a jubilados y revendidos a amigos o ajenos.
Me río de las puertas abiertas al mundo y de los bolsillos cerrados.
Cada tardecita, cuando la encuentro, me río.
Como ella. Festejando cada moneda hipócrita.
La encuentro cada tardecita en cientos de risas desdentadas y ojos de lagañosa tristeza.
Casi desnuda. Casi como yo. Casi.
Cris.
"..., tu afán que da forma al deseo, toma del deseo su forma, y crees que gozas por toda Anastasia cuando sólo eres su esclavo"
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domingo, 26 de diciembre de 2010
lunes, 20 de abril de 2009
Coqueta

Se peinó coqueta. Recogió su cabello con una hebilla de carey y leyó el menú. Su espalda se recortaba contra la ventana y dejaba ver sus músculos trabajados en horas de gimnasio. Abrió la cartera minúscula, sacó el gloss y pintó, con languidez, sus labios recién salidos del quirófano. Almorzó sola. Cuando se levantó, giró su cabeza y me miró. La barba ya le había comenzado a crecer.
sábado, 18 de abril de 2009
Ella

Estaba allí, tendida sobre la escalera blanca de años. La cabeza colgando hacia su costado impúdico. En su mano izquierda, una botella reseca de olvidos, sostenía la mirada impiadosa de los testigos. Casi nada de humano quedaba sobre la calle, y sin embargo, toda la humanidad gozaba con ella.
foto: Escalera ritual
miércoles, 25 de marzo de 2009
Susto
Levanté la pata de la cama y me encontré con el fantasma de la tía Eloísa.
Creí que lo había perdido con el último susto.
Creí que lo había perdido con el último susto.
viernes, 20 de marzo de 2009
Cadaver ex-quisito
Encontramos el pequeño cuerpo carbonizado.
Eso que le dijimos que lo vigilara bien.
Que no se separara de él.
En fin. Comeremos provoleta y ensalada
otra vez.
Eso que le dijimos que lo vigilara bien.
Que no se separara de él.
En fin. Comeremos provoleta y ensalada
otra vez.
viernes, 13 de marzo de 2009
Pequeñeces varias
El sol, implacable, secaba las lágrimas de sudor. Frente suyo se levantaba entre brumas el armatoste de madera. Destino final. Caminó hasta la escalera arrastrando los pies. Subió los siete escalones temblando. Las manos le transpiraban y un ardor ciego oprimía su cuello. Rogaba que todo fuera rápido y sin dolor. No quería que sus hijos sufrieran con la escena. No quería fallarles. La gente cubría la plaza clamando muerte. Aspiró hondo, levantó la vista al cielo, reunió todas sus fuerzas y dejó caer el hacha.
Entraron por la ventana. Casi mágicos. Sonriendo enseñaron todos sus trucos y cuando la noche avanzó, se retiraron. No sin antes dejar sobre cada uno de los presentes, un trocito transparente color verde agua.
El dragón renunció harto de asustar niños.
Vestida de negro desandaba la leyenda de la mujer de blanco.
Entraron por la ventana. Casi mágicos. Sonriendo enseñaron todos sus trucos y cuando la noche avanzó, se retiraron. No sin antes dejar sobre cada uno de los presentes, un trocito transparente color verde agua.
El dragón renunció harto de asustar niños.
Vestida de negro desandaba la leyenda de la mujer de blanco.
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Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.
Bienvenidos a casa!
Cris.