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sábado, 21 de febrero de 2009

Los Suárez

Alquilé el departamento casi por casualidad. Lo elegí, no por su aspecto - dejaba mucho que desear -, sino por la historia de la familia Suárez - que me contó doña Clarisa, la encargada de la casa- y de cómo dicha familia, desapareció una fría mañana de otoño.
Los Suárez, Matilde y Frutos, tenían una niña que por ese entonces contaría doce años. Alquilaron el departamento a un precio irrisorio, debido a que el edificio tenía fama de haber sido frecuentado por gente de mal vivir.
Una mañana, Frutos Suárez bajó la escalera y se encontró con la encargada que barría la vereda.
– Buenos días don Suárez, ¿cómo amaneció?
– Mal, mujer, mal. Cada vez estoy más delgado y debilucho. Si los pantalones casi se me caen y Matilde es incapaz de cosérmelos, pues dice que las manos le duelen cada día más. Y Matildita tiene una ronquera que da lástima. En fin, es ese departamento que cada día está más húmedo y frío. Si al menos tuviéramos calefacción, que de seguir este frío vamos a morir todos de una pulmonía.
– No se preocupe don Frutos, que todo hombre se muere cuando el destino le traza la muerte - contestó la encargada.
Suárez siguió su camino hasta el correo donde trabajaba, mientras en su casa Matilde preparaba una taza de té a la nena, que había tosido toda la noche. Cuando fue a despertarla, le pareció raro que ocupara tan poco espacio en la cama. Su hija era bastante rolliza y juraría que se había reducido de tamaño durante la noche.
– ¡Hay que ver los estragos que hace la tos en los niños! - se dijo apenada mientras la despertaba.
Un olor rancio invadía todo el ambiente y el moho se colaba por entre las puertas, obligándolas a permanecer semiabiertas. Por la ventana que daba a un callejón sin salida, entraba un hilo triste de luz que apenas alcanzaba a iluminar un rincón de la ventana. El resto eran penumbras. Despertó a la niña que con un gruñido se tapó la cabeza con claras intenciones de seguir durmiendo el sueño de los inocentes. Matilde no podía enojarse con ella. Frutos siempre le reprochaba lo blanda que era con su hija. - Es mi niña, una niña que hice para amar con la mayor dulzura del mundo -le respondía con un gesto de amor. Cuando Matildita al fin decidió salir de abajo de las sábanas, su madre se asustó. Estaba exageradamente verde y ojerosa y parecía mucho más pequeña. Le sirvió el desayuno y luego bajó a pedirle el teléfono a la encargada. Llamó a su marido. Frutos, más sereno, le dijo que esperaran unas horas antes de llamar al médico.
La noche los sorprendió más animados. Matildita no tenía fiebre y hasta se la veía un poco más rosada.
– Ves mujer que ya se repuso la niña – dijo don Frutos, mientras se sostenía el pantalón que la ley de gravedad tironeaba hacia abajo.
El día siguiente amaneció lloviendo. Frutos se enderezó dentro del pijama que le caía enorme sobre los hombros, y estiró las piernas buscando las pantuflas. Casi se cae de la cama. Sus pies no alcanzaban a tocar el piso.
– Matilde! Qué pasó con la cama!
– Qué va a pasar? Nada! - dijo Matilde, tratando de aquietar la lengua que se le iba detrás de una mosca.
– Cómo que nada, mujer. Casi me caigo!
– Es que estás más pequeñito, Frutos!
– Ay, Dios mío! Qué nos está pasando?
Y casi corriendo fueron a ver a Matildita. No sería raro que a ella también le estuvieran pasando cosas.
Y allí estaba, pequeño bulto dentro de la cama que parecía pertenecer a un gigante. Cuando llegaron, habían perdido por el camino sus pijamas y sus pantuflas y, avergonzados en su desnudez, consiguieron envolverse con unos tissús que encontraron en el piso, dejados por el resfrío de Matildita. La que ya estaba llorando a moco tendido, perdida entre las cobijas. Con un ronquido corto y seco intentaron calmar a la nena que no dejaba de saltar sobre la cama y de ésta al piso y se reía con ese ronquido tan contagioso.
Y nunca más se supo de ellos. Como no volvieron a pagar el alquiler, la encargada se ocupó de encontrar un nuevo inquilino: yo.
Con semejante historia y con tan bajo precio, me instalé enseguida allí, convencido de que pronto me surgiría alguna idea para un buen cuento de suspenso. La humedad era tal que el papel de las paredes se caía a pedazos. Una corriente de aire frío me pasaba a través de la nuca. Hongos y moho ennegrecido dibujaban figuras en los rincones y una penumbra eterna encallaba junto a cada objeto. Me quedé una hora mirándolos, incapaz de otra cosa, hasta que en el rincón, justo debajo de la biblioteca, creí ver unas sombras saltarinas. Apoyé los codos en el piso sosteniéndome los pantalones que irremediablemente se caían. Cuando me asomé allí abajo, tres pequeños sapos me sorprendieron, saltando alegremente sobre mí.

jueves, 5 de febrero de 2009

Obviedad

Asomáte fantasma lúdico. Asomáte y regaláme tu perfume a ropa vieja. Dejáme ver tus heridas carcomidas. Dejáte sentir en toda tu inmundicia cadavérica y asolá, romántico, doncellas dormidas en lechos de muerte.Reíte con cuatro dientes podridos y guiñáme un ojo colgando de su órbita.Mostráme tus guiñapos sanguinolentos. Sacudí tus jirones de carne y nervios y retáme a seguir pensando que la belleza es obvia.

Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.