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miércoles, 20 de enero de 2010

Sin poesía


Cada día mi vida escapa al influjo poético. Mi alma se seca, se retuerce. Imposible escribir algo que transmita un sentimiento cercano a la poesía.
Muchas veces, cuando me siento frente a la computadora, las palabras se atoran en mi mente, sin orden ni concierto, queriendo escapar a través de los dedos sobre el teclado. Y sin embargo, después de golpear durante horas, sólo consigo alterar, un poco, el orden de las palabras. Formar frases inconexas. Desagradables formas irregulares de la lengua.
Dónde comienzan las ideas. Desde dónde afloran los pensamientos más poéticos. Las formas más sutiles de la lengua. Cómo conseguir el sortilegio de la belleza en el papel. Misterio. Puro misterio. Y quedo enredada allí donde no es posible alcanzar la expresión más sublime ni el más puro verso. En el fondo de la tristeza o en el margen de la felicidad. Removiendo las entrañas, pero sin salir de la piel dura, impermeable al dolor o a la alegría.
Día a día me trabo y me destrabo. Erijo castillos de palabras sin sustento. Voy y vengo por sus pasadizos oscuros. Me desgarro el alma. Sufro tormentos y amores. Desnudo besos amantes. Trepo, sin red, cornisas y acantilados. Recorro el fondo de mares tormentosos. Realizo viajes al más recóndito de los parajes interiores. Y aún así, no consigo dejar palabras melodiosas en el papel. Y aún así, sigo intentando una y otra vez romper el caparazón de la mediocridad.
Cris
Pintura: Soledad Nocturna. Nelson Perez. Colombia

jueves, 7 de enero de 2010

Sueños rotos

Elena caminaba sobre pétalos de amancay. No los veía. La mirada estaba fija en su corazón muerto. Y hacia allí dirigía sus suspiros.
Me la crucé cuando iba al mar. Llevaba un pantalón oscuro y el cabello al aire.
Ardía el horizonte. Los últimos pájaros emprendían su regreso y ella trepaba la rocosidad nocturna. Su andar tenía la premura de una canción de cuna, y sus manos trenzaban y destrenzaban dedos adormecidos de caricias.
Yo oía el crujido debajo de sus pies de lino y soñaba con alcanzarla. Me estiraba para verla y escondía mi mirada detrás de las luciérnagas de brillo intermitente. No podía oírme. Sin embargo, su andar me buscaba.
Enardecido de espera, alcancé su figura. Fui su sombra, su aliento, su miedo.
La seguí hasta que llegó a la orilla del acantilado. Dejé que sus lágrimas jugaran con el viento y sujeté con mis labios su pelo desnudo. Ella dudó cuando mis brazos se abrieron para recibirla. El aire sacudía sin piedad su cuerpo de sueños rotos y gotas saladas corrían, sin propósito, hasta la boca. Y cuando se lanzó, la rocé con un beso.
La sentí temblar en el vuelo y así, abrazados, penetramos la oscura frialdad.
La dejé dormida entre algas perfumadas de coral. Y sellé con mi sangre su palidez de sirena.

Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.