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sábado, 23 de julio de 2011

Amalia es nuestra

Silvia no es muy afecta al jabón y mucho menos al champú. Una vez la señorita Celia y Laura, la enfermera de la tarde, la quisieron bañar. La arrastraron entre las dos al baño de arriba, y la metieron en la bañera. Silvia gritaba y golpeaba. Fue tanto el escándalo y la cascada de agua que cayó por la escalera, que nunca más lo intentaron.
A veces, cuando ya no soportaban verla tan sucia, la llamaban a Amalia. Ella era la única que podía convencer a Silvia de mojarse sin que corriera agua jabonosa por toda la casa.
Amalia venía todos los días enfundada en su enterito celeste y sus zapatones de cuero marrón.
Caminaba rápido, como a saltitos, bamboleando los brazos al costado del cuerpo. Bella muñeca de trapo.
Con pasos cortos y elásticos recorría pasillos, subía y bajaba escaleras, dejaba caer una caricia aquí, una broma allá, silbaba la única melodía que parecía conocer: un vals de La viuda alegre.
Nunca usaba el pelo suelto. De un tono miel apagado, lo llevaba siempre recogido con una bandita elástica, a la altura de la nuca.
Cuando abría la puerta, ella entraba como montada en un rayo de sol. Nosotros la esperábamos. Felices.
La señorita Celia lo dice todo el tiempo, y casi siempre a los gritos: los que vivimos en El Hogar somos raros. Pero Amalia igual nos quería. Y nosotros la queríamos. Ella era nuestra.
La primera vez que la vimos, nos deslumbró su vestido de puntillas y volados. Y esa sonrisa que le llenaba la cara. Dijo que vendría todos los días a leernos historias de otras personas.
—Personas —dijo— que viven allá afuera y a las que les pasan muchas cosas.
—No como a nosotros —me atreví a decir en voz muy baja—, que nunca salimos a la calle.
Ella me miró sonriendo y me abrazó. Nunca me habían abrazado así.
Enseguida se hizo amiga de todos. Cada tarde, se sentaba con el Tano frente a la ventana de la esquina de la sala, esa que da al jardín. Se quedaban en silencio, mirando el enorme palo borracho, florecido a veces y rebosante de algodones, otras.
Al rato, Amalia silbaba una melodía suave, como si temiera romper la paz de ese momento. El Tano cerraba los ojos y tarareaba lo mismo que ella entonaba. Cuando a él se le secaba la boca y a ella se le transformaban las mejillas en dos rosas, se reían, locos los dos.
Y Amalia, riéndose todavía, pegaba un salto sobre sus zapatones y corría a despertar a Julio.
— ¡Vamos, Julio, arriba! —le decía tirándole de los bigotes—. Es la hora de la leche.
¡Y cómo nos reíamos del grito que pegaba el viejo, que dormía despatarrado en su sillón de felpa verde, después de las actividades prácticas! Asustado, se restregaba los ojos con las manos pegoteadas de engrudo, y puteaba por entre sus largos bigotes canosos.
Amalia cargaba a la cocina del asilo el recipiente con el pegote de agua y harina, y volvía con un trapo limpio a sentarse junto a él.
—Dale, viejito —le decía pasándole el trapo húmedo por las manos hasta dejárselas bien limpias, como le gustaba a la señorita Celia—. Si te portás bien, mañana te voy a traer más revistas.
Y él se quedaba mirándose las uñas como si recién las descubriese.
Pero quien la esperaba con más ansiedad era Silvia.
La loca Silvia. La más rara de todos. La última que llegó a la casa.

Ese día había llovido sin parar, y ella se vino con las rodillas moradas de frío. Un golpe le cerraba el ojo derecho, y los mocos le resbalaban por una horrenda blusa bordó. Ni hablaba la pobre.
Cómo se las arregló Amalia para que Silvia le largara esa chorrera de palabras al poco tiempo de conocerla, es un misterio. A lo mejor por el modo de tratarla: ella no dejaba de sonreírle mientras acariciaba el pelo engrasado de la pobre vieja.
Apenas llegaba Amalia, Silvia le parloteaba sin parar, hasta que veía venir a la señorita Celia con su eterna cara de vinagre. Entonces corría a sentarse frente a la tele y, hecha un ovillo, se pasaba horas mirando las luces de colores.
Algunos días, Amalia traía naipes para jugar con Dee, la flaca que habla con las cartas —le decimos Dee porque, cuando le preguntan cómo se llama dice, “Haydee”—. Nosotros no queremos jugar con Dee: cuando le ganamos, llora y grita y nos llama tramposos; y si hay algo que no hacemos es trampas.
Antes de llegar Amalia, Dee vivía aburrida.


Pero desde que ella había llegado, las tardes en El Hogar se nos iban en manualidades, charlas, risas.
Sin embargo, el momento que más nos gustaba era cuando Amalia se sentaba en medio del salón, sobre la alfombra beige con flores rosadas. Nosotros le formábamos una ronda. Entonces, ella ponía una canasta a su lado y se cruzaba de piernas como un buda flaco.
Una vez que acomodaba su zapatón izquierdo debajo de su pierna derecha, y el derecho debajo de la izquierda, recorría la ronda con la mirada y cruzaba el índice sobre sus labios, y después nos llenaban de ansiedad sus manos jugueteando dentro de la canasta. Ella lo sabía y se demoraba en ese instante eterno.
Cuando al fin lograba sacar los chupetines de frutilla, de naranja, las risas de felicidad llenaban la casa y traspasaban las ventanas. Entonces, y sólo entonces, rodeada de ruidos de papel celofán, Amalia sacaba el último regalo que compartiría con nosotros en esa tarde. Y la tarde pasaba rápido entre las historias que salían de sus libros, a veces románticas, a veces graciosas… pero nunca, nunca tristes.

Unos días antes de finalizar el invierno, a Amalia se la veía diferente. Todos nos dábamos cuenta.
Empezó a llegar tarde y —debo decirlo— a mirar el reloj más de la cuenta, a lo mejor esperando la hora de irse.
Fijos en un punto distante, los ojos se le entrecerraban en una soñadora expresión, y sus labios mantenían una sonrisa boba.
La primera en notar el cambio fue Dee. Una tarde en que jugaba con nosotros, la pobre vieja rompió las cartas en un ataque de rabia: Amalia había prometido traerle unas nuevas, pero se olvidaba siempre. Amalia, justo ella. ¡Justo ella, que durante tanto tiempo venía acordándose del cumpleaños de cada uno de nosotros!
Y cuando Dee le preguntaba, ponía mil excusas. Y volvía a prometer que la próxima vez le traería unas lindas. Las mejores cartas plastificadas.
Sentado frente a la ventana que da al jardín, el Tano también extrañaba a la antigua Amalia. Añoraba su silbido. Con la vista fija en el árbol, el pobre ya no tarareaba sus amadas canzonettas.

Pero la que más sufría era Silvia. Otra vez vagabundeaba, muda, por la casa. Incluso golpeaba a quien se le cruzase.
Una cosa que siempre me ha fascinado de ella es que siendo tan flaca tenga tanta fuerza: a pesar de su aspecto debilucho, es la única capaz de correr los muebles de un lado a otro, o de cargar hasta el sótano las enormes bolsas de basura.

Finalmente, un día de otoño —sabíamos que era otoño por el algodón que cubría al palo borracho—, Amalia nos contó.
Nosotros la habíamos estado esperando alrededor de la alfombra beige. Ella, como siempre, se sentó en el centro y entrecruzó las piernas.
Nuestros ojos iban ansiosos de sus manos a la canasta verde, y de la canasta verde a sus manos. Pero, esta vez, noté que Amalia entrelazaba los dedos.
—Hoy no traje nada para leer —nos dijo mirándonos con los ojos brillantes—, porque tengo que contarles algo que me hace muy feliz —al hablar soltaba sus manos, giraba el anillo entre sus dedos, volvía a entrelazarlos.
Y Amalia nos habló de su felicidad. Una felicidad ajena a nosotros. La miramos fijo, como si recién la descubriéramos. ¿De modo que ella, con nosotros, no era feliz?
El pelo largo, suelto, caía sobre sus hombros. Había cambiado el enterito por un pantalón blanco y no quedaban rastros de sus zapatos marrones. Ahora calzaba sandalias con ridículas flores celestes.
Cuando nos dio nuestros regalos, no tuvimos ganas de aplaudir.

Ese otoño fue triste para todos.
Ella venía cuando se le daba la gana. Y se quedaba poco.
Al viejo Julio lo despertaba, pero ya no le limpiaba las manos. Y tampoco lo esperaba para verle los cacharros que él envolvía con papel pegoteado.
Y hasta se olvidó Amalia definitivamente del Pelado Jiménez, que resistía en la ventana.
Los demás debíamos conformarnos con verle la felicidad yendo de un lado para otro.
Apresurada la casaderita.


A veces, cuando me costaba dormir, pensaba en ella. En cómo nos había cambiado la vida con su presencia. Y me preguntaba qué sería del Tano, de Julio, de Silvia, sin siquiera la ilusión de esperarla.

Cierto día de verano, el aire denso anunciaba una tormenta descomunal. La humedad nos hacía boquear como viejas de río. El ventilador del techo chirriaba derretidas aspas lentas.
Y la señorita Celia decidió que Silvia debía bañarse.
Todos, incluso Silvia —mal que mal—, estuvimos de acuerdo: ya hedía la pobre. Pero había que esperar a Amalia, a quien hubo que llamar especialmente: ella era la única capaz de llevarla al baño de arriba, de bañarla sin que el agua jabonosa rebalsara por las escaleras.
Amalia llegó silbando su único vals. Los ojos le chispeaban debajo del sombrero de paja: la casada alegre.
Mientras se lo sacaba anunció que nos tenía una sorpresa.
—Les tengo una sorpresa —dijo, y el pelo se desplegó en abanico sobre sus hombros.
La señorita Celia la miró sonriente. Y dijo:
—Después, querida, después. Ahora por favor llevá a Silvia a bañarse. Con este calor es imposible estar junto a ella —dicho esto, se retiró a la cocina.
Amalia tomó del brazo a Silvia.
—Enseguida vuelvo —dijo, guiñándonos un ojo—, tengo algo importante que…
Un trueno brutal ahogó las últimas palabras. Afuera el viento derribaba las puertas.
Amalia subió con Silvia, que por única vez no protestó. Oímos silbar la melodía. Borbotones de agua opacaban su silbido vienés.
Nos quedamos mirando hacia arriba. Aguardábamos. La bañera se llenaba. Con un nuevo trueno vino la ansiada lluvia. Recordé que cuando Silvia llegó a la casa también llovía.
Las ráfagas golpeaban los vidrios de las ventanas, sacudían los colgajos de algodón de las ramas del palo borracho.
El pataleo en la bañera se confundía con el golpeteo del agua sobre el techo. Volví a pensar en los brazos robustos y la mirada opaca de Silvia. No debíamos subir. La señorita Celia no nos dejaba subir nunca.
Un relámpago nos iluminó las caras. La melodía de Amalia se iba ahogando. ¿Cómo se vería su pelo suelto flotando y acariciando el borde de la bañera?
El Pelado retornó a la ventana: el árbol mostraba sus ramas desnudas. El viejo Julio, despatarrado en el sillón, miraba sus manos limpias.
El agua corría por las escaleras y formaba charcos alrededor de la canasta. Había parado de llover. Arrodillada, casi chapoteando, Dee buscaba las cartas prometidas.

Cris.

Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.