Google+ Followers

jueves, 31 de diciembre de 2009

FELIZ 2010!!!!!!!!!!!!!!!!


Muchas gracias a todos los que me acompañaron durante este año. Gracias por su comprensión y apoyo. Muchas felicidades y que se cumplan todos sus deseos!


Feliz, feliz 2010!!!!!!!!
Foto: Isabella. 31-12-09

jueves, 17 de diciembre de 2009

Penumbras


Sólo conocía de él su olor. El latido de su piel. Y ese calor denso del deseo, que la asfixiaba, la poseía y la dejaba desleída de placer.
Cada tarde, cuando el día adormecido de tedio, se arrinconaba en vapores siestinos, Violeta cerraba los postigos de su ventana y abría los visillos de su sexo.
Antonio llegaba al compás de un silbido dulce, que a ella le sabía a miel de algarroba. Perros vagabundos ladraban cómplices mientras él ascendía al paraíso oscuro de Violeta.
Nunca se encontraron fuera de esas paredes, húmedas de besos sedientos, de piernas resbalosas de sudores íntimos.
Sólo conocía de él ese amor en penumbras. Y su olor a siesta madura y los quejidos de las ropas olvidadas.
Un enero vacío, los perros ladraron desganados. Violeta extrañó la inmediatez de la sangre del hombre. La dulzura de sus extensiones y la prepotencia de sus fluidos. Esperó en el silencio oscuro, la llegada de su melodía. La siesta toda se derramó en espera.
Ocultó, entonces, Violeta, los gemidos amorosos entre las ropas agotadas; abrió la ventana y cerró los visillos de su sexo.
Antonio silbaba dulce, su siesta en otras penumbras.
Cris.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Náuseas



Laura anhelaba tocar tierra. Que el mundo dejara de moverse. Se incorporó un poco. Sólo la noche bañada de espuma entraba por el ojo de buey. No recordaba cuándo había sido la última vez que se levantó de la cama. El camarote se había transformado en su prisión. Y su cuerpo en un cancerbero. La cabeza le daba vueltas y un escalofrío permanente la sacudía con rítmicos estertores.
Cuando el zarandeo calmaba un poco, Laura pensaba en la mujer que le leyó unas piedras recogidas de la arena. Y maldecía el momento en que no le creyó.
Ahora ya no se escuchaban voces. Lo último que ella oyó el día anterior, fue el llanto de un niño, después silencio, sólo interrumpido por ese horrible rechinar a lata, que se deslizaba por los pasillos del barco y se filtraba por debajo de las puertas. Y por el bramido sediento del mar. Otra náusea y otro látigo de dolor. Y en el medio la profecía desoída: Aléjate del mar.
El chirrido se deslizaba lento por el piso, se acercaba, la rodeaba. Ella podía oler ese ácido de herrumbre vieja. Sentía en sus manos el frío salado. Escuchaba cómo rugían sus huesos cuando la proa se hundía hasta el vientre devorador, para volverse nuevamente contra el cielo. Un sudor helado le recorría el cuerpo, blando ya, sin sustancia, sin espesor. Y Laura se sujetaba de la litera, con fuerza, clavando sus uñas en la madera resbalosa, sacudiéndose en una vorágine de sudor y espanto. La náusea le apretaba el pecho, le quitaba el aire. Laura se encogía, se abrazaba, se deslizaba entre las sábanas.
La puerta del camarote se abrió con un ruido a hierros gastados. Y un grito de espanto se dibujó en los ojos de Laura. Afuera, el viento sacudía sus humores.

Cris.



www.escribirte.com.ar/.../BlogTormenta.jpg


lunes, 16 de noviembre de 2009

Guerreras insomnes



Andan y desandan el camino
corren se atropellan
desaparecen

de a una o en tropel
inquietas

las dejo que salgan
se apiñen
se desconcierten
se trepen por el aire fresco

dibujen imágenes sutiles
de colores brillantes

que sigan las huellas
persigan memorias
escarben raíces
rescaten sueños

asciendan por el tronco áspero
de lo desconocido

que alteren el paisaje
lo invadan
lo disfracen
lo atormenten

descubran tesoros
bajo la corteza dura

guerreras insomnes
allí están
a pesar de las tormentas
a pesar del desierto
allí están
listas para ocupar

una

página

en

blanco.

domingo, 18 de octubre de 2009

Bajo la encina



Un padre y su hijo deberían estar en la misma sepultura, dijiste, así los frutos tendrían gusto a muerte.
Los fantasmas en vela, alterados de voces, planearon indecisos. Desconcertados. Viuda de negritud, la encina renacía de la niebla. Brillaban sus brazos abiertos sobre un atardecer enlutado.
Dijiste, que el pintor ciego de nubes, enredado en las piedras de la noche, dibujaría una mirada de ojos opacos. Que su boca feroz mordería el vientre desgarrado de historias y hablaría de su desolación infinita. Que el soplo del tiempo que arrastraba su semilla de abandono, emprendería el regreso.
Los gigantes de nácar guiaran tu sueño, dijiste. Y una multitud de cristos llorará sobre tu pecho dormido. Y arderá la noche acunada por cantos de sirena. Y volverá el pintor ciego a desandar el sepia.
Cuando reposen los muertos cansados de sueños bajo los olmos, dijiste, crujirán los tréboles ante el fuego rapaz del destino. Y el futuro regresará una y otra vez a despertar al pasado. Dijiste, que danzarán luces sobre las tumbas. Que se alzarán destellos de polvo. Que los frutos tendrán gusto a muerte. Y dijiste, que al fin podrán bajo la encina, resucitar los huesos del hijo.

martes, 15 de septiembre de 2009

Búsqueda



busqué con desesperación la salida
no la encontré
entonces jugué a retroceder
uno dos tres pasos
allí estabas vos
esperándome
y en tu mirada me encontré tal cual soy
desnuda
sin bajezas
despojada.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Consuelo

Lo encontró tirado cuan largo era.
Buscó su mirada. Su sonrisa.
Pero sólo salieron a recibirla millones de cristales inasibles.
Una larga lengua de fuego, tan larga como su dolor, levantó astillas de estrellas.
Intuyó, a través de sus lágrimas,
que no tendría respuesta a tantas preguntas silenciosas.
Se recostó a su lado. Puso su cabeza en el hueco que dejaba su axila. Se acurrucó y esperó que él la abrazara. Fuerte.Tierno.

Esperó hasta que le dolió su desamor.
Al fin cerró los ojos.

Y se consoló con su recuerdo.

martes, 1 de septiembre de 2009





Leyó sus ojos y comprendió
la distancia era orgánica
material
podía olerla palparla hacerla suya
podía aún penetrar con sus dedos en la corteza dura
no quiso
no quiso deshacer esa rocosidad de alaridos mudos
de manos sueltas
de pieles desteñidas
y como si no le importara
como si el dolor se hubiera perdido en esa distancia
aspiró su perfume
y se subió a otro sueño.


miércoles, 12 de agosto de 2009

Negro/Blanco

Asoma pálido rostro lunar

Callan sus manos
en posición de rezo

Dos agujeros ciegos
se afanan
por el camino



Inmóvil


estatua de cera
desgarra mudo sonido



Blanco luto
negra luna

Olvidado


tal vez


cancerbero distraído



Las rejas se arquean


se doblegan


mujeres al fin!



Y él se desliza
amoroso
entre ellas

La noche se deshace en brumas

Blanco sobre negro
negro sobre blanco

Se aleja en sordina
desleído
por callecitas
con olor a flores rancias.

lunes, 10 de agosto de 2009

Día del Niño?

Deseos para niños. Que sean niños los niños.
Que sean niños, y no clientes de las compañías de celulares, o vendedores de rosas en los bares, o estrellas descartables de la televisión.
Niños, no limpiavidrios en los semáforos, o botín de padres enfrentados o repartidores de estampitas en los subtes.
Que no sean niños soldados, los niños. Que sean niños los niños, simplemente. Que no sean foto de un portal pornográfico. Que no sean los habitantes de un reformatorio.
Que no sean costureros en talleres ilegales de ningún lugar del mundo.
Que sean niños los niños, y no un target.
Que no sean los que pagan las culpas. Los que reciben los golpes. Los bombardeados por publicidad.Que sean niños los niños. Todo lo aniñados que quieran. Todo lo infantiles que quieran.
Todo lo ingenuos que quieran. Que hagan libremente sus niñerías.
Que se dediquen a ser niños y no a otra cosa.
Que no sean los que no juegan, los acosados por las preocupaciones, los tapados de actividades. Que sean niños los niños y se los deje preguntar sin levantar la mano, formar filas torcidas, llevar alguna vez la Bandera no por ser mejor alumno, sino por ser buen compañero.
Que sean niños los niños y no los incentivados con desmesura a consumir todo lo que saca el mercado.
Que sean niños, y no los que aspiran pegamento en una esquina o fuman paco en la otra, tan de nadie, tan desprotegidos.
Niños, no nombres que tienen que rogar por recibir el apellido paterno o la cuota de alimentos. Que sean niños los niños.
Y que los niños sean lo intocable, que sea la gran coincidencia en cualquier discusión ideológica; que por ellos se desvelen los economistas de todas las corrientes, los dirigentes de todos los partidos, los periodistas de todos los medios, los vecinos de todas las cuadras, los asistentes sociales de todas las municipalidades, los maestros de todas las escuelas. Que sean niños los niños, y no el juguete de los abusadores.
Que sean niños, no "el repetidor" o "el conflictivo" o "el que nunca trae los deberes".
Niños, y no los que empujan el carro con cartones.
Que sean niños los niños, simplemente.
Que ejerzan en paz el oficio de recién llegados.
Que se los llame a trabajar con la imaginación o con lápices de colores.
Que se los deje ser niños, todo lo niños que quieran.
Y que los niños sean lo importante, que por ellos lleguen a un acuerdo los que nunca se ponen de acuerdo; que por ellos se dirijan la palabra los que no se hablan, que por ellos hagan algo los que nunca hicieron nada.
Que sean niños los niños y que no dejen de joder con la pelota.
Que sean niños en su día. Que lo sean todos los días del año. Que sean felices los niños, por ser niños.Inocentes de todo lo heredado.
Por Mex Urtizberea

sábado, 27 de junio de 2009

Acorde


En la ventana entreabierta se mira tímida, la luz ondulante de una vela. Un acorde negro de jazz, se desliza lastimoso. Apareces vos, de a poco, cabalgando las notas. Sonriéndome. Y yo, añorándote.
Meses, años. No importa. Estamos acá. Los dos. Mirándonos en silencio, a través del fuego titilante.
Creo en tu sonrisa y en tus ojos. Creo.

Tu imagen desapareció junto con la llama mortecina y el último acorde de jazz.


lunes, 22 de junio de 2009

Azul tornasolado

Dobló la esquina con la seguridad de quien conoce el camino. Se dirigió con pasos largos hasta la entrada de la casa en la que siempre había vivido.
Algún gato le maulló certero a la luna que, libre de pecados, reverberaba sobre la esquina. Se sobresaltó. Dudó un instante. Tembloroso, sacó las llaves de su bolsillo derecho y antes de colocarlas en la cerradura, miró hacia ambos lados. La calle mostraba esa indiferencia absurda de las noches otoñales y el viento frío traía reminiscencias de hojas gastadas. El policía que rondaba la embajada de aquel país cuyo nombre él nunca pudo retener, debía encontrarse allí, semioculto. Rompió la faja de la puerta. Abrió con rapidez y entró, respirando con dificultad. Un aroma a madera enmohecida y a jazmines marchitos, lo asaltó.
Subió, sigiloso, las pesadas escaleras de madera. Cuando pasó por el cuarto de su madre, le pareció oír la respiración sibilante, producto de esa eterna afección asmática. Apenas se contuvo para no abrir la puerta. La transpiración corría a los lados de su cara. Las manos le temblaban… como aquella vez.
Continúo la marcha hacia el estudio. Su estudio. Hubiera querido llevárselo cuando se fue. De joven le gustaba refugiarse allí. En ese rincón de la casa, desde donde oía el despertar de la calle. Allí donde escondía sus cuadros agobiados de melancolía.
Más calmado, se quitó el saco y colocándose una túnica llena de antiguas manchas de pintura, se tiró sobre el sillón junto a la ventana. Por un momento, apenas, se perdió en la leve claridad que delineaba las siluetas de los edificios, despertaba los sonidos, recreaba olores y sacudía suavemente los velos de la noche. Como aquella noche.
Buscó con la mirada ese punto donde se encontraban todas las respuestas. Pero el retrato con el vestido tornasolado, sólo le devolvía una sonrisa maliciosamente despectiva. Las lágrimas comenzaron a resbalar por su cara. Se secó el dolor con el pañuelo azul Francia que siempre llevaba en el bolsillo posterior del pantalón. El azul era el color preferido de su madre. Y recordó el vestido que ella usaba para ir a las fiestas. El mismo que se alejaba vaporoso, ciñéndole la cintura diminuta, mientras él, envuelto en un vaho de jazmines, quedaba esperando su regreso. Un regreso con el sol destellando azules diluidos en aromas ajenos. Durante mucho tiempo él se esforzó en conseguir ese tornasolado. Pero sus cuadros nunca pasaron de un azul opaco.
A lo lejos una sirena de ambulancia interrumpió sus recuerdos. La luz bañaba, espléndida, los colores del cuarto. Miró el reloj que no se había quitado y notó las manchas rojizas que salpicaban alguno de sus dedos. Como esa noche.
Un suspiro escapó de entre sus delgados labios resecos. Los golpes en la puerta lo sobresaltaron. El fru-fru del vestido se hacía estallido dentro suyo. Saltó del sillón donde habría querido desaparecer. Ahora supo por qué volvió a la casa. ¡Tantas veces esperó él!
La voz susurró su nombre. Y se oyó a sí mismo contestar, mientras apuraba a la conciencia destrabar los nudos del tiempo.
Su mirada extraviada se dirigía a la puerta por donde se filtraba el aroma a jazmines y por un instante de su niñez, dudó. Un dolor azul lo obligó a volverse hacia la ventana. La abrió y una bocanada de sol le atravesó el alma. Sonrió al retrato con la última mirada. Allí estaba ella. Y él. Y un ramo de jazmines sobre el hermoso vestido tornasolado.

Foto:flickr.com/photos/paleloka/2266831117/

domingo, 14 de junio de 2009

Se pensó diferente

Leyó su vida

desde allí vio caer telarañas

como sueños rotos

se pensó diferente

saltó y trepó

mariposa enlutada

hubiera querido volar

bajó arañando paredes

y se pegó al cristal

con su baba blanquecina

y su mirada se regodeó

en la inmensidad verde

de laberintos reales

y el dolor quebró su alma

sus ojos brillaron con el amarillo impúdico

y abrió las manos

y se desprendió del sueño

el azul frío le recordó al mar

la nostalgia por las alturas

le demoró el regreso

un dolor nuevo atravesó su cuerpo

cayó con la esperanza de nacer diferente.

jueves, 4 de junio de 2009

Casi mágico


Cargó sobre la almohada todas las preguntas rotas. Y se disolvió suavecito en el mar de algodón. Despertó sabiendo que el amanecer sería diferente. Inolvidable. Tal vez. Se deshizo de flecos inconsistentes y entró a la ducha decidido a continuar en ese estado plácido, casi cataléptico. No se preguntó. No se cuestionó. Tanteó la canilla hasta dar con la frialdad de lo que nos es totalmente ajeno. Y se dejó llevar por litros de fluido hasta los huecos de la rejilla. Que lo absorbían. Lo arrastraban. Hasta hacerse una sola cosa con la marea de espuma que corría por túneles, recovecos, esquinas. Pasado. Presente. Oscuro. Era tal vez la noche. O el pecado. En el largo trayecto se sintió acompañado por miles de pequeños seres extraños a la superficie. Acariciado por ellos. Mecido. Sonrió su interior. Tragó saliva y se deslizó. Un dulzor distinto a las mieles terrenas lo invadió. Pensó. Sintió. Olió. Quizás no.
Apareció junto a la orilla del mar. Lo encontraron recogido sobre sí mismo. Abrazado a
las plumas de lo que alguna vez fue su almohada. El amanecer prometía ser diferente. Casi mágico.
Foto: www.lanacion.com.ar/.../fotos/86/808086.jpg

domingo, 31 de mayo de 2009

Los solucionadores

El primer trabajo fue para su padre. Resultó agotador y cometió diversos errores; entre ellos, dejarse manipular por el objetivo. Esos pequeños traspiés no lo hicieron desistir de su vocación, muy por el contrario, le sirvió de ejemplo. Al poco tiempo, había ganado en reputación y ya estaba colaborando con algunos vecinos del barrio.
Ulises no se contentó con esto y fue más lejos aún. Durante varios años, asistió a diferentes cursos para mejorar su técnica. Debía ser perfecta. Sólo así se ajustaría a su sueño de ser el mejor técnico enviudador. Hábil con las manos y rápido con el pensamiento, era seleccionado siempre para ejecutar los deseos de clientes insatisfechos de la vida conyugal.
Tenía un lugar clave donde ejecutar los trabajos, la esquina sanguínea. Sabía que debía arrastrar a sus objetivos hasta allí. De ello dependía que sus planes se cumplieran con total satisfacción del cliente.
Aquiles, el sombreador de tierras, era una parte casi imprescindible, para la ejecución de trabajos harto difíciles. Se habían conocido con Ulises, en uno de los tantos cursos de desembarazamiento de objetivos y habían conseguido formar un buen equipo. En este lugar, Aquiles cumplía un servicio tan importante como sus colegas y era requerido por el técnico enviudador para los trabajos más sutiles. Eximio artista en las técnicas de sombreado instantáneo de tierras, era además, un experto sonidista y aplicaba con fervor, altoparlantes dispersores de voluntad. Debilitaba a los objetivos al punto de caer fluidificados, permitiendo así, a Ulises realizar el trabajo final con suma destreza.
Ulises y Aquiles, llamados también, los odiseícos, por su afán de ejecutar los designios de los dioses, formaban un equipo realmente eficaz. Tan eficaz que cuando partieron, a pedido de la Liga Interdesembarazadora, no pudieron ser reemplazados.
Comenzaron entonces a proliferar los objetivos, ahora en franca rebeldía. Liberados ya de la antigua pericia de los llamados odiseícos, ocasionaban grandes perturbaciones conyugales. Los clientes, insatisfechos, reclamaron a la Liga la falta de apoyo a la iniciativa privada. Pedían a gritos que se tomaran medidas urgentes.
Ante la incapacidad de una solución de índole particular, las autoridades se vieron obligadas a recurrir a métodos menos sutiles y efectivos. Esto en lugar de generar apoyo, provocó más voces de protesta en contra de los trabajos realizados por los miembros de la Liga.
Al fin, los odiseícos fueron reclamados a ocupar su antiguo lugar, desde donde imponían el orden necesario para un buen desempeño conyugal.
Al año siguiente, en las elecciones libres de la Confederación de Ligas Interdesembarazadoras, el técnico enviudador y el sombreador de tierras lograron, por mayoría absoluta, alzarse con el título de Jefes Indiscutidos.
En los años que estuvieron a cargo, fueron superados, con creces, los guarismos de objetivos desembarazados a lo largo de toda la historia de la vida conyugal.
En la esquina sangrienta, hoy se los recuerda con el monumento a Los Odiseícos; lugar de veneración y respeto de los entubadores de niños.

Imágen: www.edetiendas.com/imagenes/Libreria-tematica...

miércoles, 27 de mayo de 2009

No te detengas

Walt Whitman
(1819-1892)
Surgirá un nuevo orden y sus hombres serán los sacerdotes del hombre, y cada hombre será su propio sacerdote.
NO TE DETENGAS
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante.
Vívela intensamente,sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas
...Versión de: Leandro Wolfson
PersonArte.com

martes, 19 de mayo de 2009

Adios al poeta


NO TE SALVES

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgano
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgano
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti

lunes, 18 de mayo de 2009


Encontró lo que necesitaba debajo de la almohada. Deslizó la mano y sin despertarlo, le quitó el amor que a él le sobraba.
foto: www.deguate.com

sábado, 9 de mayo de 2009

Final

Sandra caminaba con ese andar tan de ella, balanceando exageradamente su brazo derecho; y mirándolo fijo a los ojos, se acercó a darle un beso.
A Daniel le supo insuficiente. Quería abrazarla lento y fuerte y besarla hasta perder el aliento.
El bar estallaba en miles de sonidos. Vasos y tazas chocando. El motor de la máquina de café. Sillas corriéndose para dar lugar a los parroquianos. Páginas que se deslizaban entre los dedos. Murmullos, silabeos, risas, silencios…Y ellos dos.
Las manos de Sandra se destacaban pálidas sobre la oscura mesa, y la tercera silla, escapaba al testigo ausente. Los ruidos se perdían en la distancia y un aire cargado de deseos acallados inundaba el ambiente. Mirada sobre mirada. Mano sobre mano y los labios húmedos, en un beso latente.

Ahora Sandra entra sin ganas. Deja las llaves sobre el dressoir de la entrada. Mármol y espejo. Camina por el impecable pasillo de cerámicas dameras hasta el dormitorio. Ya no balancea su brazo derecho. Evita pasar por el living donde, seguramente, se encuentra él.
Se quita la ropa, los zapatos y entra al baño. Una ducha tibia corre por su cabeza y cuerpo fundiendo cada partícula de piel, dilatada por otros sueños. Se coloca la bata y descalza, enciende un cigarrillo que saca de la cartera. Sentada en la cama con las piernas cruzadas y el codo apoyado en su rodilla fuma lentamente. Un cansancio de años insatisfechos pesa en su espalda. Con una media sonrisa resignada, apaga el cigarrillo en la única maceta del cuarto.

Se dirige lentamente al living. Daniel está de espaldas. Su cabeza, iluminada por la luz de lectura, irradia destellos sobre la penumbra del cuarto. Siempre le gustó mirarlo sin ser notada. Le pasa la mano por el pelo y él la aprisiona con fuerza. Gira la cabeza y la mira fijo, como aquélla primera vez, deseando besarla y abrazarla. Sandra escapa de esa mirada ardiente y camina hacia la cocina. Tragando las lágrimas le pregunta con voz incolora: "¿Comiste?"
Foto: belleza-mujer.net/images/separacion-1.jpg

jueves, 23 de abril de 2009

Otro mar

Camina lenta sobre las maderas resecas del muelle. Su cabello largo bailotea oscuro, sobre la falda verde. Fija sus ojos secos en los destellos del agua. La brisa levanta, apenas, tímidas imitaciones de oleaje. Los botes amarrados en la orilla sueñan mares en esta siesta de verano.
Carmen sonríe, por un instante, a las tardes de arena con su padre, al sabor del salitre sobre la piel nueva de su hijo y a los besos húmedos de Juan.
Mira distraída a los cientos de peces que juguetean cerca, muy cerca de sus pies descalzos y piensa en otro mar, enrojecido de vergüenza. Encendiendo los miedos.
Y ve. Como antes, como siempre, un abanico de pájaros sin nombre. Jinetes del Apocalipsis desplegados sobre el azul de ultramar. Bautizando su felicidad con golpes de fuego.
Y luego el dolor, la ausencia estéril. El ahora. Vacío de cosas muertas.
Se envuelve en el mantón cansado, que cuelga desleído sobre los hombros.
Cubierta por mechones de luto, lanza al agua su falda verde y sumerge sus pies en el frío azulado de la orilla.

lunes, 20 de abril de 2009

Coqueta


Se peinó coqueta. Recogió su cabello con una hebilla de carey y leyó el menú. Su espalda se recortaba contra la ventana y dejaba ver sus músculos trabajados en horas de gimnasio. Abrió la cartera minúscula, sacó el gloss y pintó, con languidez, sus labios recién salidos del quirófano. Almorzó sola. Cuando se levantó, giró su cabeza y me miró. La barba ya le había comenzado a crecer.



www.fuertesusa.netfirms.com/images/mujer%20en...

sábado, 18 de abril de 2009

Ella


Estaba allí, tendida sobre la escalera blanca de años. La cabeza colgando hacia su costado impúdico. En su mano izquierda, una botella reseca de olvidos, sostenía la mirada impiadosa de los testigos. Casi nada de humano quedaba sobre la calle, y sin embargo, toda la humanidad gozaba con ella.
foto: Escalera ritual

jueves, 16 de abril de 2009

El vuelo


Entre las baldosas húmedas de otoño, crece solitaria, la rebeldía de tu paso. Caminás a saltos sobre tus zapatillas demasiado anchas. Tus dos palitos por piernas, bailotean al compás de una música invisible. Melodías quebradas, voces repetidas.
Nada impide que un vuelo de palomas grises nuble el cielo demasiado azul de una tarde de marzo.
Seguís tu camino sobre las piedras de colores. Como tus capas de piel. Te detenés encandilado de sueños. Y acelerás cuando el hombrecito te guiña un ojo.
Un golpe. Sólo uno. Y te unís al vuelo.

Foto Flickr.com

martes, 14 de abril de 2009

Renuncio

Carlotta:

Renuncio. Sí. Renuncio. No quiero dejarme sobornar por tus patéticas escenas de celos. Renuncio a acompañarte como si fuera tu hijo. A usar lo que te gusta y bajar la mirada cuando me reprochás algo. A silenciar tus secretos. A amarte y seguirte. Renuncio a dejar que tus manos me toquen cuando tienen ganas. A llorar en silencio ante tus gritos destemplados. A mediar entre tus vicios. A arrastrarme como un bicho para que me notes.
Renuncio a ser un segundón. A ceder mi sillón favorito cuando llegás. No quiero más esa horrible comida que preparás cada domingo. Odio que me obligues a acompañarte en tus largas caminatas aburridas, sin dirigirme la palabra. Odio sentarme a ver pasar el tiempo mientras vos leés o escuchás música. Renuncio a que me ignores cuando hablás con tus amigas de tu última conquista.
Odio ese espantoso perfume que me trajiste del viaje a Miami y el abrigo color amarillo que me obligás a usar en invierno. ¿Te acordás de las ojotas que destrocé en un ataque de rabia? Eran amarillas. Yo sé que lo hacés a propósito. Te gusta molestarme.
Pensar que cuando nos vimos por primera vez en la puerta de tu casa, me conquistaste enseguida. Adoré tus manos suaves y tus palabras tiernas. Pero se acabó. Renuncio. Renuncio a vos y a tus caprichos. A tu forma asfixiante de poseerme. Renuncio a alcanzarte la pelotita cientos de veces para que vos te diviertas.
Me voy con la única que me comprende y me ama. Me voy con Gold, la cocker spaniel de enfrente.
Hasta nunca
Fido.

sábado, 4 de abril de 2009

Su último poema

Se acodó despacio en la mesa grasienta.
Habló su sonrisa desdentada
y pidió un descafeinado.
Arremangó su camisa deslucida
y sacó del bolsillo desecho,
la desdicha que necesitaba
para d
escribir su último poema.

jueves, 2 de abril de 2009

Hoy vi gente

Hoy vi gente
mucha gente
hoy vi hombres y mujeres abrazados
sueños y utopías entrelazados
recuperados

hoy vi niños vi palomas
y vi llorar al cielo
lágrimas desteñidas de tarde
banderas envolviendo el pasado
ondeando al futuro

hoy vi lágrimas
en los ojos dolidos de la gente
vi también sonrisas
vi manos saludando
y pies yendo juntos

hoy olí paz entre la guerra
vi unión entre la gente
vi hermanados a unos y otros
enlazados en mágico dolor
caminando hacia la eternidad

hoy no ví figuritas estériles
muertas de muerte natural
pequeños corazones raquíticos
marionetas de signo monetario
rapiñeros de sus hermanos
cadáveres malolientes
yendo hacia su entierro
ausente de glorias eternas

hoy vi llorar a un pueblo
sus errores
sus desdichas
sus pesares
hoy vi a padres e hijos
abuelos y hermanos
pasado y futuro

El futuro me ocultó
por un día el presente.

martes, 31 de marzo de 2009

Sin lentes

Qué cosa esto de salir a las tres de la tarde. En verano. Sin lentes de sol.
Uno ve todo a través de una cortina de agua. Los ojos van guiñando a derecha e izquierda. La boca te cuelga del guiño permanente y toda la cara queda volcada hacia un lado. Después de un rato, cuando uno siente que no puede cerrar la boca de acalambrada que está, la mueca pasa rápido hacia el otro lado. Ahora el que guiña es el izquierdo. La boca muestra el canino. Ése que te salvaron después de recibir un golpe con el poste de luz, que no viste por pelear con el tipo. El que casi te atropella al doblar Viamonte.
Y así, vas mirando la realidad por la mitad izquierda o derecha. Que al fin, no difieren mucho, porque se mezclan en tu cabecita que a esta hora ya hierve bajo el implacable sol de enero y cocina los carteles de Callao en el mismo caldero interior: José Larralde peinado por Giordano y con corpiño de Dulce Carola tocará en el Tasso, y si va en moto, que lleve casco porque sino el Gobierno de la Ciudad se la quitará.
A todo esto, tu pelo, que antes de salir planchaste prolijamente con la planchita de iones, está hecho una cortina de flecos pegada a tu cara torcida.
Entonces, como era de esperar, te encontrás con la novia de tu ex, que está espléndida porque bajó del auto con aire, y que además (diosa), te lleva como veinte centímetros por las plataformas que sostienen a las recién estrenadas lolas. Regalo del que a vos nunca te dio ni una tarjeta navideña, porque claro, cuando estaban juntos nunca ganaba lo suficiente.
Maldecís haberte olvidado los lentes, que te ocultan tan bien.
Así que haciéndote la que no la ves, doblás rápido y te metés en el primer lugar que encontrás, que resulta ser una super boutique internacional.
Entrás como si fueras a comprar todas y cada una de las prendas de más de 200 dólares que cuelgan despreocupadas por todo el local. El vendedor, que no te cree, te persigue desconfiado. No sabés si es porque aún se ve tu canino reconstruído o por el pelo pegado a tu mejilla ladeada color tomate.
Una vez recuperado el aliento, mordida la rabia de haberte encontrado con la nueva de tu ex y ofendida por el acecho del vendedor, salís del negocio furiosa. Y casi corriendo no parás hasta llegar, destruída, a tu casa.
Y prometés no salir jamás a caminar a las tres de la tarde. En verano. Sin lentes de sol.

viernes, 27 de marzo de 2009

El mantón de Manila

De España venía. De Andalucía. Más precisamente de un pueblo pequeño llamado Jerez. Muy pocas cosas viajaron con ella. Una imagen de La Dolorosa, un mantel bordado a bolillos por su madre y su tesoro más preciado: un mantón de Manila que había pertenecido a su abuela. Todo entraba en la valija marrón que arrastraba por las calles del barrio, San Telmo. Su nuevo hogar. Lo demás, lo llevaba puesto. Quince años de mirada perpleja y un andar cadencioso de flamenco en la sangre. El conventillo de Don José le abrió las puertas y le cerró la ilusión. Carmencita lloró todas las noches de su alma, hasta que agotó el último suspiro. Y cuando al fin abrió los ojos, su mirada ya no tenía el brillo de las luces de colores, ni el canto alegre de las comadres en la feria, ni el verso galante de los jóvenes del pueblo. Cada noche, al volver de la casa de sus patrones, lastimadas las manos por el agua fría y la lavandina, abría la maleta y sacaba sus pequeños tesoros, los ponía sobre la cama y les cantaba, muy quedo, esa nana que su madre le había enseñado. Luego, se cubría los hombros con el mantón de Manila y danzaba su sangre sobre el piso frío del cuarto. Los largos flecos negros subían, bajaban, trenzaban historias de amor y desesperación, de olvidos y esperanzas.
Conoció a Antonio un domingo de octubre, en la fuente de mayólicas del Rosedal, donde ella se refugiaba nostálgica, buscando ese aroma a sol andaluz. Un julio frío y ventoso se casaron y salieron de testigos don José y su esposa, doña María. Carmen ya no sacaba sus tesoros de noche, y mucho menos bailaba. Él nunca hubiera comprendido ese ritual amoroso que desplegaba todas las noches y que la acercaba tanto a su hogar, allá lejos.
Para su cumpleaños veintidós, hicieron una fiesta en el patio del conventillo. Carmen pensó que era un buen momento para poner el mantel bordado y usar el mantón de Manila que guardaba celosamente en la valija marrón. Desde temprano Antonio y los amigos comenzaron a brindar: por tu cumpleaños, por tu belleza, por el amor, por la amistad…
En mitad de la fiesta, Carmen le pidió a don José que pusiera el único disco de flamenco que tenía. Lo había oído tantas veces desde su pieza y siempre había terminado llorando. Ahora quería bailarlo, para Antonio.
Se envolvió, cimbreante, cadenciosa, con el mantón perfumado de recuerdos. Y danzó fuego y se deslizó en el agua y voló con alas coloridas y zapateó tierra. Y se encontró ardiente frente a Antonio. Él no entendió su tributo de amor. Esa noche Carmen lloró su historia flamenca. San Telmo amaneció lluvioso, con sus calles vestidas con largos, larguísimos flecos negros.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Susto

Levanté la pata de la cama y me encontré con el fantasma de la tía Eloísa.

Creí que lo había perdido con el último susto.

lunes, 23 de marzo de 2009

Las castañuelas azules

En medio de la solitaria infancia en el campo, Camila tenía la dulce compañía de las castañuelas azules. Cuando el silencio se colaba entre las rendijas de la puerta, las sacaba de la caja, esa que estaba en el cajón de la mesa de luz y las acariciaba apenas, para despertar al duende, con las yemas de los dedos. Luego las hacía repicar locas, sobre la palma de la mano. Y sentía vibrar sus brazos, su cuerpo y un calor subía por sus pies y ya le entraban ganas de bailar.

En las tardes raquíticas de invierno, a Camila le gustaba mirar las fotos viejas de mamá, vestida de sevillana, con su bata de cola y los brazos altos, muy altos sobre la cabeza. Y allá arriba entre sus manos, las castañuelas. Entonces corría a abrazarla, besarla y apretando las suyas de plástico azul, las hacía sonar entre sus deditos, con más gracia que talento. Y giraba. Y soñaba que bailaba en el teatro y la aplaudían y era famosa.

Camila bailaba con el vestido rojo a lunares blancos. Y castigaba el piso con sus pequeños pies montados en los zapatos de tacón. La casa se llenaba de risas y música, hasta que nos dormíamos, agotadas de juego, mientras mamá nos cantaba con voz cascada esas nanas tan lindas.

Las tardes del sexto invierno de Camila se oscurecieron. Pasaba los días mirando fotos y acariciando sus castañuelas de plástico. Debajo de la cama, languidecían, los zapatos de tacón. Entonces le pedía a mamá que la levantara y le pusiera el vestido a lunares. Y le comprara unos zapatos rojos, como los de esa bailarina del teatro.

Al finalizar ese invierno, Camila perdió sus castañuelas azules.

viernes, 20 de marzo de 2009

Cadaver ex-quisito

Encontramos el pequeño cuerpo carbonizado.
Eso que le dijimos que lo vigilara bien.
Que no se separara de él.
En fin. Comeremos provoleta y ensalada
otra vez.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Fosa

Sobre el océano cavó la fosa. En las aguas verdinegras de la playa extendió un brazo y la atrapó con sus delgados tentáculos. El perfume de la rosa invadió su alma y desde un remoto pasado humano oyó la voz que le decía: “ahora sí, éste es tu tiempo”. Clavó las órbitas en la cinta negra que separa el acá y allá, y se lanzó, sin más, hacia los abismos de la finitud.
U.del Mar

viernes, 13 de marzo de 2009

Pequeñeces varias

El sol, implacable, secaba las lágrimas de sudor. Frente suyo se levantaba entre brumas el armatoste de madera. Destino final. Caminó hasta la escalera arrastrando los pies. Subió los siete escalones temblando. Las manos le transpiraban y un ardor ciego oprimía su cuello. Rogaba que todo fuera rápido y sin dolor. No quería que sus hijos sufrieran con la escena. No quería fallarles. La gente cubría la plaza clamando muerte. Aspiró hondo, levantó la vista al cielo, reunió todas sus fuerzas y dejó caer el hacha.

Entraron por la ventana. Casi mágicos. Sonriendo enseñaron todos sus trucos y cuando la noche avanzó, se retiraron. No sin antes dejar sobre cada uno de los presentes, un trocito transparente color verde agua.

El dragón renunció harto de asustar niños.

Vestida de negro desandaba la leyenda de la mujer de blanco.

sábado, 21 de febrero de 2009

Los Suárez

Alquilé el departamento casi por casualidad. Lo elegí, no por su aspecto - dejaba mucho que desear -, sino por la historia de la familia Suárez - que me contó doña Clarisa, la encargada de la casa- y de cómo dicha familia, desapareció una fría mañana de otoño.
Los Suárez, Matilde y Frutos, tenían una niña que por ese entonces contaría doce años. Alquilaron el departamento a un precio irrisorio, debido a que el edificio tenía fama de haber sido frecuentado por gente de mal vivir.
Una mañana, Frutos Suárez bajó la escalera y se encontró con la encargada que barría la vereda.
– Buenos días don Suárez, ¿cómo amaneció?
– Mal, mujer, mal. Cada vez estoy más delgado y debilucho. Si los pantalones casi se me caen y Matilde es incapaz de cosérmelos, pues dice que las manos le duelen cada día más. Y Matildita tiene una ronquera que da lástima. En fin, es ese departamento que cada día está más húmedo y frío. Si al menos tuviéramos calefacción, que de seguir este frío vamos a morir todos de una pulmonía.
– No se preocupe don Frutos, que todo hombre se muere cuando el destino le traza la muerte - contestó la encargada.
Suárez siguió su camino hasta el correo donde trabajaba, mientras en su casa Matilde preparaba una taza de té a la nena, que había tosido toda la noche. Cuando fue a despertarla, le pareció raro que ocupara tan poco espacio en la cama. Su hija era bastante rolliza y juraría que se había reducido de tamaño durante la noche.
– ¡Hay que ver los estragos que hace la tos en los niños! - se dijo apenada mientras la despertaba.
Un olor rancio invadía todo el ambiente y el moho se colaba por entre las puertas, obligándolas a permanecer semiabiertas. Por la ventana que daba a un callejón sin salida, entraba un hilo triste de luz que apenas alcanzaba a iluminar un rincón de la ventana. El resto eran penumbras. Despertó a la niña que con un gruñido se tapó la cabeza con claras intenciones de seguir durmiendo el sueño de los inocentes. Matilde no podía enojarse con ella. Frutos siempre le reprochaba lo blanda que era con su hija. - Es mi niña, una niña que hice para amar con la mayor dulzura del mundo -le respondía con un gesto de amor. Cuando Matildita al fin decidió salir de abajo de las sábanas, su madre se asustó. Estaba exageradamente verde y ojerosa y parecía mucho más pequeña. Le sirvió el desayuno y luego bajó a pedirle el teléfono a la encargada. Llamó a su marido. Frutos, más sereno, le dijo que esperaran unas horas antes de llamar al médico.
La noche los sorprendió más animados. Matildita no tenía fiebre y hasta se la veía un poco más rosada.
– Ves mujer que ya se repuso la niña – dijo don Frutos, mientras se sostenía el pantalón que la ley de gravedad tironeaba hacia abajo.
El día siguiente amaneció lloviendo. Frutos se enderezó dentro del pijama que le caía enorme sobre los hombros, y estiró las piernas buscando las pantuflas. Casi se cae de la cama. Sus pies no alcanzaban a tocar el piso.
– Matilde! Qué pasó con la cama!
– Qué va a pasar? Nada! - dijo Matilde, tratando de aquietar la lengua que se le iba detrás de una mosca.
– Cómo que nada, mujer. Casi me caigo!
– Es que estás más pequeñito, Frutos!
– Ay, Dios mío! Qué nos está pasando?
Y casi corriendo fueron a ver a Matildita. No sería raro que a ella también le estuvieran pasando cosas.
Y allí estaba, pequeño bulto dentro de la cama que parecía pertenecer a un gigante. Cuando llegaron, habían perdido por el camino sus pijamas y sus pantuflas y, avergonzados en su desnudez, consiguieron envolverse con unos tissús que encontraron en el piso, dejados por el resfrío de Matildita. La que ya estaba llorando a moco tendido, perdida entre las cobijas. Con un ronquido corto y seco intentaron calmar a la nena que no dejaba de saltar sobre la cama y de ésta al piso y se reía con ese ronquido tan contagioso.
Y nunca más se supo de ellos. Como no volvieron a pagar el alquiler, la encargada se ocupó de encontrar un nuevo inquilino: yo.
Con semejante historia y con tan bajo precio, me instalé enseguida allí, convencido de que pronto me surgiría alguna idea para un buen cuento de suspenso. La humedad era tal que el papel de las paredes se caía a pedazos. Una corriente de aire frío me pasaba a través de la nuca. Hongos y moho ennegrecido dibujaban figuras en los rincones y una penumbra eterna encallaba junto a cada objeto. Me quedé una hora mirándolos, incapaz de otra cosa, hasta que en el rincón, justo debajo de la biblioteca, creí ver unas sombras saltarinas. Apoyé los codos en el piso sosteniéndome los pantalones que irremediablemente se caían. Cuando me asomé allí abajo, tres pequeños sapos me sorprendieron, saltando alegremente sobre mí.

jueves, 5 de febrero de 2009

Obviedad

Asomáte fantasma lúdico. Asomáte y regaláme tu perfume a ropa vieja. Dejáme ver tus heridas carcomidas. Dejáte sentir en toda tu inmundicia cadavérica y asolá, romántico, doncellas dormidas en lechos de muerte.Reíte con cuatro dientes podridos y guiñáme un ojo colgando de su órbita.Mostráme tus guiñapos sanguinolentos. Sacudí tus jirones de carne y nervios y retáme a seguir pensando que la belleza es obvia.

martes, 13 de enero de 2009


Allí están
agazapadas
latiendo tenaces implacables
una mirada
y asomarán
pálidas de luz
sobre el óvalo ciego.

Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.