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lunes, 22 de junio de 2009

Azul tornasolado

Dobló la esquina con la seguridad de quien conoce el camino. Se dirigió con pasos largos hasta la entrada de la casa en la que siempre había vivido.
Algún gato le maulló certero a la luna que, libre de pecados, reverberaba sobre la esquina. Se sobresaltó. Dudó un instante. Tembloroso, sacó las llaves de su bolsillo derecho y antes de colocarlas en la cerradura, miró hacia ambos lados. La calle mostraba esa indiferencia absurda de las noches otoñales y el viento frío traía reminiscencias de hojas gastadas. El policía que rondaba la embajada de aquel país cuyo nombre él nunca pudo retener, debía encontrarse allí, semioculto. Rompió la faja de la puerta. Abrió con rapidez y entró, respirando con dificultad. Un aroma a madera enmohecida y a jazmines marchitos, lo asaltó.
Subió, sigiloso, las pesadas escaleras de madera. Cuando pasó por el cuarto de su madre, le pareció oír la respiración sibilante, producto de esa eterna afección asmática. Apenas se contuvo para no abrir la puerta. La transpiración corría a los lados de su cara. Las manos le temblaban… como aquella vez.
Continúo la marcha hacia el estudio. Su estudio. Hubiera querido llevárselo cuando se fue. De joven le gustaba refugiarse allí. En ese rincón de la casa, desde donde oía el despertar de la calle. Allí donde escondía sus cuadros agobiados de melancolía.
Más calmado, se quitó el saco y colocándose una túnica llena de antiguas manchas de pintura, se tiró sobre el sillón junto a la ventana. Por un momento, apenas, se perdió en la leve claridad que delineaba las siluetas de los edificios, despertaba los sonidos, recreaba olores y sacudía suavemente los velos de la noche. Como aquella noche.
Buscó con la mirada ese punto donde se encontraban todas las respuestas. Pero el retrato con el vestido tornasolado, sólo le devolvía una sonrisa maliciosamente despectiva. Las lágrimas comenzaron a resbalar por su cara. Se secó el dolor con el pañuelo azul Francia que siempre llevaba en el bolsillo posterior del pantalón. El azul era el color preferido de su madre. Y recordó el vestido que ella usaba para ir a las fiestas. El mismo que se alejaba vaporoso, ciñéndole la cintura diminuta, mientras él, envuelto en un vaho de jazmines, quedaba esperando su regreso. Un regreso con el sol destellando azules diluidos en aromas ajenos. Durante mucho tiempo él se esforzó en conseguir ese tornasolado. Pero sus cuadros nunca pasaron de un azul opaco.
A lo lejos una sirena de ambulancia interrumpió sus recuerdos. La luz bañaba, espléndida, los colores del cuarto. Miró el reloj que no se había quitado y notó las manchas rojizas que salpicaban alguno de sus dedos. Como esa noche.
Un suspiro escapó de entre sus delgados labios resecos. Los golpes en la puerta lo sobresaltaron. El fru-fru del vestido se hacía estallido dentro suyo. Saltó del sillón donde habría querido desaparecer. Ahora supo por qué volvió a la casa. ¡Tantas veces esperó él!
La voz susurró su nombre. Y se oyó a sí mismo contestar, mientras apuraba a la conciencia destrabar los nudos del tiempo.
Su mirada extraviada se dirigía a la puerta por donde se filtraba el aroma a jazmines y por un instante de su niñez, dudó. Un dolor azul lo obligó a volverse hacia la ventana. La abrió y una bocanada de sol le atravesó el alma. Sonrió al retrato con la última mirada. Allí estaba ella. Y él. Y un ramo de jazmines sobre el hermoso vestido tornasolado.

Foto:flickr.com/photos/paleloka/2266831117/

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Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.