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jueves, 25 de diciembre de 2008

Monotonía


Detrás de las cortinas, por los corredores, sobre los sillones acobardados, soplaba un hálito de pesar. Todo ese silencio tormentoso, acurrucado detrás de los cuadros, disfrazado de recuerdos, pugnó por salir en un grito descabellado. A su pesar, la garganta sólo pudo expulsar un gemido doloroso, inacabable.
El quejido, atormentado por horas fantasmales quebró la monotonía incierta de una vida sin testigos. Bajó los párpados y soñó que no estaba.

martes, 23 de diciembre de 2008

Vuelo II

Erráticas sombras emergieron de lo más profundo de su alma. Calculó hacia dónde la llevarían sus pasos y aminoró la marcha. Hasta hacerse casi imperceptible. Llevó sus manos al cabello en un gesto de autómata. Se acercó a la luz que encandiló sus grises. Abrió sus alas. Y voló.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Vuelo

No titubeó cuando decidió poner llave a su corazón
ya estaba cerrado desde hacía demasiado tiempo
ajado, vencido
sin fuerzas para luchar quiso levantar vuelo
sólo alcanzó a arrastrarse pesadamente por la cornisa
hasta desflecar sus alas en un intento angelical
nada absolvería su pena
nada aliviaría su peso
lloró al fin
su alma
lágrimas
de hielo
y sal.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Sobre su frente

Le acomodó el cabello con pulcritud mientras murmuraba palabras quedas, apenas susurradas, sobre su frente. Luego besó con amorosa lentitud sus ojos. Sonrió cuando miró sus entreabiertos labios pálidos y le abrochó el botón del cuello de la camisa blanca. Giró sobre sí misma con crujidos de su larga pollera de lino azul. Caminó despaciosa sobre la misma alfombra que acunó noches eternas de insomnio y deseo. Se enfrentó con su sombra y no se reconoció en esa mirada turbia, opaca, desnuda. En un gesto tan de ella, se sujetó el pelo hacia atrás con las dos manos y siguió su camino.
Por la ventana del corredor se colaba una blanca mortaja de luna que recortaba negras sombras cimbreantes sobre el jardín. Miró con desgano el brillo del estanque y cerró con pesadumbre las densas cortinas moradas. Acabó por fin, el estrepitoso llanto de los grillos en celo. Las lágrimas caían temblorosas de su alma desflorada .Una penumbra lánguida vagaba errática por la casa. Aromas a incienso penetraban por su piel y apuró el único sueño que cabía en ella. Callaron las últimas palabras que aún latían en su garganta. Y cerró su corazón desvencijado. Con llave.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Palabras muertas

Silenciosa carrera de esqueletos
recostados sobre el gris otoñal
desnudos brazos al cielo emergiendo
de rápidas lenguas oscuras
deslizarse presuroso
apurar el paso
dejando atrás lánguidos ojos negros
rocas, muros, estrechos pasajes
de anónimas miradas
y un murmullo ajeno
extranjero
no detiene el rápido girar enloquecido
del acero gris
triste cortejo en melancólico día
oscuro
de palabras muertas.

martes, 2 de diciembre de 2008

Canción de la espera

Espero tu sonrisa y espero tu fragancia
por encima de todo, del tiempo y la distancia.
Yo no sé desde dónde, hacia dónde, ni cuándo regresarás…
sé sólo que te estaré esperando.

En lo alto del bosque y en lo hondo del lago,
en el minuto alegre y en el minuto aciago,
en la función pagana y en el sagrado rito,
en el limpio silencio y en el áspero grito.

Allí donde es más fuerte la voz de la cascada,
allí donde está todo y allí donde no hay nada,
en la pluma del ala y en el sol del ocaso,
yo esperaré el sonido rítmico de tu paso.

Comprendo que de mí ya se ría la gente
al ver cómo te espero desesperadamente.
Cuando todos los astros se apaguen en el cielo,
cuando todos los pájaros paralicen el vuelo
cansados de esperarte, ese día lejano
yo te estaré esperando todavía.

No importa:aunque me digan todos que desvarío,
yo te espero en las ondas musicales del río,
en la nube que llega blanca de su trayecto,
en el camino angosto y en el camino recto.

Niño, joven o anciano, sonriendo o llorando,
en el alba o la tarde, yo te estaré esperando,
y si me convenciera que ese ansiado día
no habría de llegar, también te esperaría.

José Angel Buesa (gracias Amor)

En la calle Nelson




Camina rápido, como si en cada paso dado le fuera la vida. Coloreadas las mejillas y la boca bajo el sombrero de ala ancha. Lleva bufanda y guantes para aplacar el viento frío de la mañana. Su mano tira de un carrito pequeño, con dos ruedas de metal y un cajoncito, desde donde asoma un hocico negro y el pelo lanoso de mascota vieja. Una, dos, cinco veces, pasa sonriendo, la loca por la calle Nelson.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Detrás de la puerta...

Detrás de la puerta…
tal vez encuentre
un par de patines oxidados
y el globo azul pinchado.
Un caramelo de dulce de leche
y la canción del sapito glo, glo, glo.
El libro de primer grado
y la rosa seca de Pedro.
Las medias con puntillas
y el vestido rojo de terciopelo.
La luna amarilla en la terraza
y los helados de banana.
Encontraré, tal vez,
olvidados en mi almohada
besos con cuentos de hadas.
Guantes de primera comunión
y la bicicleta verde en el pasillo.
Una mano grande
anidando mi mano pequeña.
Charcos de agua jabonosa
sobre el patio fresco de verano.
Malvones rojos, rosas
en macetas pintadas a mano.
Quizás encuentre esa voz dulce
diciendo si
y una voz fuerte diciendo no.
Encontraré la adolescencia agitada
el amor simple de un amigo
y el amor apasionado de ese otro.
Tal vez encuentre
sueños en la palma de mi mano.
Llantos. Y caídas. Y resurrecciones.
La forma de tu cuerpo
siendo uno con el mío.
Tu saliva y mis lágrimas
y los sueños renaciendo en otras vidas.
Al fin encontraré, tal vez,
la madurez acompañada
en la sigilosa sombra de tu mirada
y tus brazos,
donde cicatrice heridas
que otros antes provocaron.
Detrás de la puerta…

viernes, 28 de noviembre de 2008

Te debo


Te debo una disculpa
y una canción italiana
una historia feliz
y una noche de amor.
Te debo la lluvia fina
sobre el techo de zinc
y la cama caliente
y mil besos robados.
Te debo noches de miel
y días feriados
de travesías milagrosas
en sábanas rojas.
Te debo silencios agudos
y gritos callados
dedos entrelazados
sobre el libro compartido.
Te debo la caricia
sobre la piel caliente
el cuerpo desnudo
recortado en la pared.
Te debo el beso ardiente
y la marca en el cuello
el mordisco pequeño
en el instante supremo.
Te debo
la poesía que te nombre
el cuento que te delate
el ensayo que te desnude
la novela que te relate.
Te debo.

sábado, 18 de octubre de 2008

De noches y azahares



Caminó balanceándose como si bailara al son de algún instrumento invisible. Sintió su cuerpo ligero y pudo correr sin cansarse entre los jazmines del país.
Olfateó el aire aromatizado de humedad y desentrañó los encantos de la noche. Esperó tenso el antiguo mandato para el que había sido creado. Presintió que no faltaba tanto. Lo pudo oír en el crujido de los árboles con el viento, en el movimiento sigiloso de los animales nocturnos, en el canto enloquecedor de las ranas. Estaba preparado. Sólo esperaba el impulso que lo lanzaría hacia su destino.
Había visto partir a otros como él y jamás los vio regresar. Ahora era su turno. En ese mundo de incertidumbre él tenía una única certeza, la razón para la que había sido creado. Ese era su fin único y último. El sentido de su existencia. Aspiró por última vez el aroma a azahares, sabiendo que ese pequeño placer de respirar la noche moriría con el primer rayo de sol. Abrió grandes sus ojos amarillos, se impulsó y saltó a la ventana. La muchacha lo tomó entre sus brazos y lo acunó. Nuevamente, la profecía se cumpliría.
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Carla dejó la rosa seca sobre la mesa. Acarició con cuidado el libro que estaba junto al piano y se sentó en el suelo frente a la ventana.
La noche crecía en oscuros y una aureola tibiamente rosada envolvía una enorme luna amarilla. Noche hermosa de verano oliendo a azahares y jazmines del país. Afuera cantaban todas las ranas del mundo. Por la ventana abierta de par en par entraba sigilosa una brisa fresca que presagiaba una mañana luminosa.
Carla sabía bien que este pequeño placer de respirar la noche, moriría con el primer rayo de sol. Se estremeció al pensar en ello y se recogió envuelta en su camisón, acurrucada en ese rincón del living.
Un crujir cercano la volvió a la realidad. En el marco de la ventana se recortaba, oscura, una silueta donde brillaban dos enormes ojos amarillos. Carla se acercó y tomó al intruso entre sus brazos, acunándolo como a un niño. Le habló dulcemente al oído hasta que se durmió.
Flotando entre aroma de azahares lo llevó hasta la mesa, y lo dejó allí, junto a la rosa. Acercó el libro de tapas de cuero que casi vivía junto al piano y lo abrió en la página 245. Estaba todo en esas hermosas ilustraciones. Procedió como antes lo hicieron otros y cerrando cansadamente los ojos dejó que la noche la poseyera. De entre su cuerpo joven surgió una danza que la envolvió y la condujo hasta el pequeño intruso. Con labios rojos de sangre besó ese palpitar de vida y se sumergió sedienta.
Entre gemidos y estertores continuaba su danza. Danza de amor y de vida, de noche y de muerte.
El verano irrumpía por la ventana del living. Hilachas de oro caían sobre la mesa. En el centro, junto a un libro antiguo, yacía Carla con una rosa seca. A su lado, sobresalían entre pequeños despojos, unos ojos amarillos.

jueves, 9 de octubre de 2008

Escribí

Escribí sobre tus pasos
sobre tu vientre
sobre tu almohada.

Escribí sobre nosotros
sobre ellos
sobre ninguno.

Escribí sobre tu asco
sobre tu miedo
sobre tu risa.

Escribí sobre el quizás
sobre el tampoco
sobre el ahora.


Nunca escribí
sobre tu amor.

domingo, 5 de octubre de 2008

Vos



Tus nervios vibran con mi aliento

el pensamiento corre detrás mío

entre los dos sólo pasa el viento

la boca se muerde sin barreras

cada abrazo es una hoguera

la sangre borbotea caliente

las manos corren a mi piel

me mirás y el cielo se abre

extrañás mis nudos

enroscás mis venas

mi olor te persigue

me soñas despierto

me odias dormido

el pulso se dispara

vivís

mi vida

morís

mi muerte.

martes, 30 de septiembre de 2008

Si...

Si me condujeras a tus brazos
y me acercaras a tu pecho
si a través de la risa
pensaras en mis besos
si solo y perdido
me necesitaras
si estrecharas
cada molécula de mi cuerpo
si soñaras a mi lado
con mi lado
si callaras cada noche
mi melancolía
si tan solo me recordaras…

viernes, 26 de septiembre de 2008

Oceánico



Me asomé al mar
sobre su blanco lecho lloré perlas
caracoles de sueños me envolvieron
largos tentáculos arrastraron mis pesares
lánguidas sirenas reposaban
vigilantes
sobre el mullido verde de la arena
y allí detrás de aquella roca
te vi salir
casi desnudo
sujetando un mechón de algas
adheridas a tu piel sin soles
desteñida
y me acerqué a tu mano fugitiva
para dejarte
amor
el color del verano
que olvidaste
y el olor de rosas
que perdiste.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Hoguera

La luna marcó el sitio preciso
donde se esconde el fuego.

Entre resplandores de hechizos y mandalas
te tuve presa en mi vientre

Palpitando entre suspiros atávicos
vimos arder la hoguera.

Y una historia desconocida
se deslizó en la piel.

sábado, 20 de septiembre de 2008

De pie



Y de pronto se rompió. Se fragmentó en mil pedazos. Dispersos por el aire, enajenados de materia, frágiles criaturas inconsistentes, volaron. Tan lejos como se les permitió. Y no volvieron a reunirse. Fueron partes ínfimas de materialidades ajenas. Pequeños milagros de la cotidianeidad. Historias enanas. Sueños vanos. Realidades efímeras. Tan efímeras como la felicidad misma. Y entonces, cuando el distanciamiento de lo acaecido deja un vacío intacto, aparece el temor de lo desconocido. Que se acentúa y permanece en ese rincón de la desesperanza. Pero allí estás vos, otra vez de pie, para recomenzar con el doloroso sueño de vivir.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Me...


Me pisaste
me embarraste
me rayaste
me lavaste
me ensuciaste
me olvidaste
me recordaste
me caminaste
me corriste
me patinaste
me engomaste
me mojaste
me plastificaste
me soplaste
me cepillaste
me escupiste
me estornudaste
me levantaste
me enceraste
me perforaste
me ahuecaste
me arrancaste
me tiraste
me cambiaste
me caíste
me blanqueaste
me oscureciste
me iluminaste
me lloviste
me asoleaste
me pintaste
me borraste
me soñaste
me escribiste
me perforaste
me rellenaste
me adornaste
me afeaste
me embelleciste
me reptaste
me acomodaste
me acodaste
me cubriste
me descubriste
me doblaste
me percudiste
me danzaste
me cerraste
me clausuraste
me nombraste
me renombraste
me acortaste
me alargaste
me ensanchaste
me angostaste
me embaldosaste
me ascendiste
me agujereaste
me descendiste
me cementaste
me forestaste
me desforestaste
me silenciaste
me suspiraste
me recortaste
me bailaste
me acompañaste
me viviste…




viernes, 12 de septiembre de 2008

Encuentro


Te levantaste el vestido y mirándome de reojo me coqueteaste. Yo sonreí sin poder desviar mis ojos de la blancura de tu piel. Te contorsionaste hasta lograr que llegara a la altura de los hombros, dejando ver tu anatomía sin disfraces. Sospeché tu rubor debajo de la tela que envolvía tu sonrisa. Y me lancé enloquecido hacia tu olor. Un gemido sofocado aceleró el encuentro. Cuando conseguiste salir del escote ya mis manos te enlazaban, seducían, alteraban tu palidez. Y el mismo fuego tenaz que te penetró, consumió mi alma.
Morí felizmente inmolado junto a tu pecho desnudo.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Nostalgia

El sol penetra desleído
en el hueco de tu pelo
La tarde cierra su ojo moribundo
sobre la mesa aterciopelada
de rojos y magentas
Destellos iracundos cristalizan
en tu mirada de agua
Y en mis brazos sedientos
acunás una canción de luna.
Te sostengo el pulso
jinete desbocado
en mi mano inerte de vos
y entre los dientes
silba el deseo del beso
¡Viajó la luna tanta veces
sobre nuestro amor
que al fin desdibujó
el nosotros!
Y te soltás
y esto que nos unía
tan vorazmente
no está
Te levantás
entonces
de la mesa bruñida de sueños
y desaparecés
de mi amor
vuelto nostalgia.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Más...

Ah! la luna.
Entre sábanas de plata
láminas de escamas
corren lamiendo
tu espalda
Y te retuerces
buscando mi mano
que repta incansable
entre pliegues suaves
regados de almíbar
Libación de néctar
Me acomete feroz
un ansia de más…
más…
más.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Silueta


Sentada de espaldas, tu fina silueta se recorta a contraluz. El cabello cae sobre tu frente cuando te reclinas a escribir: qué maravillosas palabras?. Una sonrisa diáfana corretea en tus labios y entreabre la puerta a la felicidad del beso. Pestañas caobas abanican rítmicamente la luz cálida de tu mirada. Y sobre el blanco papel doblado con olor a violetas, corretea feliz una poesía de amor.

domingo, 24 de agosto de 2008

Te lo juro!

Te reíste fuerte cuando te lo conté. Estás de la chaveta! –Me dijiste en una carcajada-.
Pero fue así, te lo juro! Te contesté. - Tratando de que me creyeras-.
Me desperté a eso de las diez y diez con ganas de seguir durmiendo, entonces me pasó por la cabeza ese olorcito a café con leche que me sacó de la cama con la velocidad de la luz. Ni pensé en bañarme. No tenía ganas. Fui hasta la cocina y me preparé, saboreándolo de antemano, un café con leche como lo hacía mamá, te acordás que usaba una taza bieeennn grande. Bueno así de grande es la que usé. Abrí al medio un pan francés y lo rellené de manteca y dulce de leche. Lo sopé en el cafecito y me lo comí, celebrando cada chorrito de leche que caía de la boca. Ah! ¿Te acordás de la bici vieja, esa pintada de verde que nos regaló papá a los diez míos y que compartíamos? Bueno, la saqué del arcón, me puse las zapas y me fui a andar bajo el solcito de Palermo. ¿Sabés cuánto hacía que no sentía el viento en la cara? Esa sensación de que el mundo es tuyo? Fue como un baño de inocencia, así de lindo. Pero de pronto se me terminó el paseo y ya no supe que hacer, así que volví a casa y me puse a escuchar a Cesárea Evola. Vos sabés cómo me gusta. Bueno, creélo o no, pero enseguida, en cuanto me aflojé, empecé a moverme, a bailar, y de pronto…loca, estaba re-loca!! Y te juro que no fumé nada. Pero baila que te baila fui levantando vuelo, despacito, envuelta en gasas y tules, como una princesa voladora, y no podía dejar de bailar. Y a medida que bailaba me sentía libre, cada vez más libre. Y movía mis brazos y las gasas me envolvían y flotaba más y más alto. Cruzaba el océano. Celeste abajo y celeste arriba. Y sol radiante y nubes como ovejitas. Y yo miraba desde arriba las ciudades y las personas chiquititas, moviéndose como hormigas, rápido, de acá para allá. Y sentía tanta felicidad de estar allá arriba, sola, libre, etérea.
Pensaste que estaba loquita, no?
-Y…? Ahora me creés ó me voy a pasar el día revoloteando arriba del techo?

martes, 19 de agosto de 2008

Instante fijo

Círculos de vida derrochan pinceladas
azules
verdes
frescor líquido espera al hombre crucificado
baños de luz en rubias colinas
enceguecen miradas ajenas
y todo gira en una vorágine sin fin
y deja sin respuestas a extraños enigmas
la crucifixión repetida
en miles de giros idénticamente luminosos
pero al fin
el madero se torna en alas
para el hombre pequeño
devenido en ave.

viernes, 15 de agosto de 2008

Lágrima sobre lágrima

Lágrima sobre
lágrima
cansancio de estar
y no ser
detrás de la magia
de mansas palabras
sólo quedan los resabios
locos
de un amor deshecho
te lo dije
me dijiste
palabrerío inútil
falaz
albedrío de escasos sonidos
yertos
estoy aquí
invisible
tras una mortaja de amor
espera insensible
tu pena
sin dejarme ir
asida de nuevas retóricas
empalaga tu mente
mi ser
y así, como pasan los años
transitan tu sed
en mi sed.

lunes, 11 de agosto de 2008

Adiós


Dónde está el abrazo terrible de la muerte
dónde está su fascinante seducción
dónde anidan las almas rutilantes de deseos no concluidos
dónde los sueños de amor
en cada rincón funesto del espacio
ó quizás en los pliegues del olvido maternal
en los agujeros negros de la vida
ó en los ojos pétreos de cristal
llamarada melancólica de sueños
nunca deseados con ardor
tarea inconclusa de la suerte
que dio a otro ganador
triste resabio de palabras huecas
dónde la nostalgia pasó
dejando huellas en la arena
de eterna miseria de amor
infinitos dolores de niño
acunan nostalgias de sol
baúles repletos de aromas
volcados en remolinos de sombras
atesoran mi último adiós.

sábado, 28 de junio de 2008

De acuosidades


Vertiente
de caricias frescas
cristal
de transparencia infinita
calidoscopio
de cristales prístinos
culebra translúcida
delicada serpiente
coqueteas entre piedras rugosas de años transitados
amante
de brazos fríos
invocación
de magos y agoreros
musa
de poetas y amantes trasnochados
espejo
de púberes bellos y doncellas de cuentos
rumores de suspiros y rugidos de placer
vibran al soltar tu líquida cabellera
redentora
de pecados
cómplice
de silencios
tus bravías lenguas de cristal
acunan niños y sueños
volcán transparente
de muerte anunciada
se colman tus lánguidos lechos lodosos
de tanta impudicia
penetras incansable tus piernas de plata
entre los rígidos pliegues adormilados
de la roca dura
hueles a placeres satisfechos
cuando tu savia penetra
las entrañas
de la madre
y cuando te detienes a descansar
yaces entre muros
de silencio
meciendo tu largo sueño.
Cris.

jueves, 26 de junio de 2008

Hablando de Marumba


Marumba no habla, exhala. Marumba no mira, ve.
Marumba se presiente.
Con un halo gracioso, que con cada cadencia vigoriza su estado, recorre de un extremo al otro la abarcadora existencia pretérita.
Mueve graciosamente su abultado bolsillo plumoso y se dirige despaciosa hacia otros estados latentes.
Lamiéndose sus grandes ojeras bordó, reparte con displicencia, gestos de benevolencia.
Y bate aceleradamente sus rasposas medio cintas con nervaduras de azufre.
Marumba no oye, escucha.
A cada llamada lastimosa, corre a resguardarse del temible e insoportable espantajo, que llega desde las más remotas zonas de la espesura dorada del tiempo.
Marumba juega a un juego desleído por años y años de intransigencia nefasta.
Y encuentra en ese juego procaz toda la energía neblinosa, que es sustento de vida.
Y muere y renace con cada vuelta insolente de su histriónica desfachatez.
Marumba sueña con especies alegres y estrambóticas que resuelvan el problema de la latencia interior.
Y hay tanta, que Marumba no sabe cómo entrelazar cada una de sus fibras en los pliegues sempiternos de la nocturnidad.
Marumba tiembla ante cada llanto acallado de verdores intensos y una espiral de flecos cae perpendicular a su astrología negada.
Y se cierra sobre su esponjoso y retráctil caparazón de incontinentes hechos neblinosos,
que sugiere una pesadez no establecida.
Marumba llora también por lo que no sucedió en las nubosas e históricas pendientes turbulentas.
Y encuentra consuelo, en el estrecho hallazgo de infructuosos resabios turbios de andares ligeros.
Marumba es capaz de sentir cómo las trizas de sus astrolabios murmuran rítmicamente la extraña imprecación de milenios.
Marumba ríe ante la escasa latitud de sus alambiques y la pobre longitud de sus espéculos.
Y trata, en vano, de recogerse en la interna variedad de su estancia. Sin plenilunio.
Y Marumba ama lastimera
y odia rasante
y canta gregoriana
y baila …
como sólo Marumba sabe hacer.
Cris.

domingo, 22 de junio de 2008

Tiempo y espacio

Desgranar tus ganas en mis ganas
tu tiempo en mi tiempo
sentirte en el azul de este vacío espacial
tus manos en mis manos
tu ilusión en mi torrente y adentro
muy adentro
sin tiempo ni espacio
nuestro último intento desesperado.


Cris.

viernes, 20 de junio de 2008

Expiación

Ciénaga gris

melancólica

de aguas turbias


anhelo

de caricias

bautismales


tristeza

deshecha en poesía

gritando

aquello que nunca

podremos expiar.

martes, 17 de junio de 2008

Anhelo

Cuando el caos se aquieta
y las últimas luces del atardecer
languidecen
cuando sobre la línea fugaz del camino
el azul se tiñe de silencios
y sobrevuelan remotos pensamientos
de plata
en ese preciso momento de calma
ajena
distante
un sentimiento certero cabalga sobre
la dolorosa congoja
de lo inútilmente anhelado.
Cris.

viernes, 13 de junio de 2008

Amantes


Antiguos deseos
trémulos de caricias
danzan
como lenguas de mariposas
sutiles
embriagadoras


Desiertos de amores negros
despiadados
invaden sueños de sueños
descarnados

Pálidas sombras
en silencio
acosan aman
turban aman

Besos de bocas ajenas
ojos sedientos
tibios pliegues de piel
desatados
carne sobre carne
miel sobre miel.


Cris.

domingo, 8 de junio de 2008

Senderos


Hay un sendero. En el sendero una mujer. Sobre la mujer un sombrero. Debajo del sombrero una lágrima…
rueda.
Hay un sendero. En el sendero un hombre. Sobre el hombre un sombrero. Debajo del sombrero una palabra …
adiós.



Cris.

sábado, 7 de junio de 2008

Miedos

Juan esperó acurrucado en su cama. Hacía frío y por la ventana se colaba un haz de agua helada. La luna estaba alta y parecía mirarlo con su media sonrisa boba. - ¿Porqué no hacés algo?- pensó, pero sabía que pedirle algo a la luna era como pedir nunca más sentir frío. Tan inútil como esperar que llegaran ángeles a rescatarlo para llevárselo lejos, a salvo, cuidado y protegido. Lejos del frío y del miedo. El sabía que los ángeles de los que le hablaba la Tere, en la iglesia, eran puro cuento. A los seis años, Juan sabía qué esperar y qué no.
Oyó ruidos y quedó suspendido, congelado, como esas gotitas que caen del techo de la casa en forma de hilos de vidrio a la mañana temprano y, que a él tanto le gusta cortar. -¿Serán las lágrimas de los pájaros que no pueden llegar al suelo y quedan adheridas a las cosas?-.¿Porqué sus lágrimas no se congelan y duran mucho? - Así tal vez, no tendría que llorar tan seguido.
El miedo se hacía más fuerte. Casi podía sentir que lo abrazaba y lo penetraba por cada partecita de su cuerpo.
Era un miedo grande. Podía verlo, sí, era alto, áspero, con ojos de fuego y voz ronca. Tan ronca como la voz del robot malo que había visto en la tele del Comedor, el Día del Niño.
Podía verlo y oírlo. La angustia lo ahogaba. El miedo hacía ruido y golpeaba cosas. Juan se acurrucaba más y más, entre los pliegues rotosos de las sábanas. Y rogaba aterrado, que se fuera pronto, que no lo viera.
Oyó que se acercaba a su cama y se hizo más chiquito, -ojalá lo fuera tanto como José, el bebé- así ni lo miraba.
Pero esta vez se había detenido junto a la cama de mamá y oyó gritos. Y llantos. Y la voz ronca del miedo. Y golpes. Y la voz ronca. Y cerró los ojitos. Y deseó que la Tere tuviera razón. Que existieran ángeles salvadores. Que los llevaran a mamá. Y a José. Y a él, muy, muy lejos de los miedos.

Cris

martes, 3 de junio de 2008

Desamores


Sola
una lágrima minúscula

corre por tu alma desierta

Única

tristeza deshecha

monótonamente gris

Ajena

de lenguas eternas

sofocación de simiente muerta

Lejana

inspiración de dioses altivos

enajenados de odios y miedos

Estéril

esperanza de penas lavadas

en amores disueltos en llanto

Triste.


Cris

domingo, 1 de junio de 2008

Qué, quién, cuándo, cómo, dónde

Carmen Luna(Artista plástica)




Qué loca esperanza se enreda a tu ausencia
Qué quieta tristeza arropa tu recuerdo
Qué soledades se entrelazan en mi cuerpo
Qué colores tendrán tus besos
sin mí.

Quién aquietará tus manos
Quién besará tu piel
Quién abrirá tu pecho
Quién será después
de mí.

Cuándo sabré de tu pena
Cuándo estarás aquí
Cuándo notarás mi ausencia
Cuándo vendrás
a mí.

Cómo será tu rostro
Cómo tu corazón
Cómo tendrás tu risa
Cómo rodarán tus pies
lejos de mí.

Dónde llevarás tu prisa
Dónde secarás tus lágrimas
Dónde dormirán tus sueños
Dónde acunarás suspiros
Pensarás en mí?

Cris.

sábado, 31 de mayo de 2008

¿...?



Qué pasa cuando la noche sofoca al alba
y tiende un manto vaporoso sobre mi piel
Qué pasa cuando la incertidumbre penetra en mi alma
y la deja sin acierto
Qué pasa cuando todas las puertas trampean
al fantasma de tu sombra
Qué pasa cuando cada gesto mío
es hundido en las ciénagas de la desolación
Qué pasa amor, con mi amor
cuando aún no me has amado.


Cris




Sin nombre

Qué dorado anillo rodeó tu cintura de nácar
Quién libó tu dulzura, espuma de leche fresca
Quién tendió el lecho de seda negra
Quién bordó con hilos
diamantinos tu tocado
Quién cubrió así tu cabellera de nieve
Sonreías igual
mientras eras mancillada



Cris.

lunes, 26 de mayo de 2008

La niña



Carlos pasaba sus vacaciones en Villa Traful, un paraíso rodeado de lengas, alerces, arrayanes y kilómetros de lago azul. La casa de piedra y madera, estaba ubicada en un recodo del camino que desaparecía en un espejo de aguas somnolientas.
Al frente, grandes ventanas se abrían al bosque, desde donde se podía ver el atardecer reflejado en el lago. Destellos rojizos y dorados encendían la tarde y decenas de colibríes, pájaros carpinteros y pequeños halcones, revoloteaban desde la orilla. La casa era mediana, de dos plantas, muy luminosa. Carlos decidió mudarse cuando, finalmente, cerró la última causa penal. Fue un caso duro, arduo, que lo dejó agotado: la exitosa defensa de una mujer que encerró a su hija y la dejó morir de hambre. Durante muchas noches lo persiguió la cara de la pequeña. De pelo corto, atado en dos colitas con cintas celestes, miraba triste desde una foto amarillenta que engrosaba el frío legajo.
Carlos Gancedo. Abogado penalista. Separado, sin hijos. Ese verano se instaló en la Villa. No quiso teléfono ni timbre en su casa.
Ningún ruido discordante le arrebataría el placer de escuchar los sonidos de la naturaleza.
Cuando el día era cálido leía en el deck, con el sol de frente, hasta que la luz dejaba paso a las sombras. Si estaba fresco, se refugiaba en el living, un lugar amplio, con paredes de salpicrep blancas. Cuando el crepúsculo avanzaba, dos lámparas negras, geométricas, que colgaban del techo a dos aguas, de madera lustrada, encendían el lugar. No abundaban los muebles. Una mesa de madera y cristal con seis sillas; un mueble alargado. Carlos había conseguido olvidar, de a ratos, su último caso. Exorcizaba su culpa tirado en los sillones de cuero blanco; un libro en la mano, buena música en la radio y un vaso de oscuro vino patagónico.
Aquella tarde era perfecta. Leía El día que Nietzsche lloró, mientras se acariciaba la barba que crecía desprolija, desde su llegada a la casa. En la radio se oía Smile, en la voz áspera de Rod Steward. En un instante la voz desapareció. Sólo se escuchaba el canto de los pájaros. Carlos levantó la vista del libro y miró la radio que había pertenecido a su padre, a la que aggiornó con dos parlantes de última generación. De madera lustrada, con una tecla verde, resaltaba, antigua, de todos los muebles. Tocó la única tecla que tenía: silencio. Decidió llevarla al sótano, donde tenía la caja de herramientas.
El lugar estaba cuidado. Lo hizo construir pensando en compartirlo con amigos, algo que aún no había hecho porque se sentía bien solo.
En el centro se destacaba, una mesa de pool con paño verde y, frente a las escaleras, otra más pequeña, de póquer, con cuatro sillas, donde reinaba un único dado huérfano de cubilete. Sobre un lado, una ventana angosta y alargada, recorría, a nivel del piso de la casa, todo el ancho de la pared. Carlos se dirigió hacia el rincón donde estaba la mesa de trabajo y la caja de herramientas.
Apoyó la radio que parecía sonreírle y buscó un destornillador del tipo phillips. Trataba de desarmarla con el cuidado que provocan las cosas muy queridas. Suavemente fue sacando los tornillos de la plancha de atrás. Estaba tan ensimismado en su trabajo, que casi se cae de la silla cuando oyó el portazo.
La puerta estaba blindada y tenía doble enchapado parta amortiguar los ruidos del sótano. La habían colocado dos días antes. Recordó que el trabajo no quedó terminado. Faltaban los herrajes de la cerradura, por lo tanto no tenía picaporte. En el apuro por bajar, se olvidó de ese detalle que, no por nimio era menos preocupante. Dejó la radio y subió las escaleras hasta alcanzar la puerta. Apoyó su cuerpo de costado empujando con fuerza varias veces, hasta quedar dolorido. Imposible. Con un destornillador grande quiso palanquear la puerta, pero ni siquiera pudo pasarlo entre la hoja y el marco. Intentó con una barreta muy fina pero fuerte, tampoco consiguió moverla. El tiempo corría alimentando su angustia. Agotado, recorrió varias veces el sótano pensando en su situación, mientras se acariciaba nerviosamente la barba. Estaba encerrado. No tenía teléfono. No había vecinos cerca, pero aunque los hubiera, él era nuevo en la zona y aún no lo conocían. Nadie venía a visitarlo. La única ventana era demasiado delgada y de vidrios fijos. Inútil golpearlos, eran de policarbonato. A Carlos le parecía que el dado sobre la mesa sonreía con su único ojo. Se derrumbó en la silla de la mesa de trabajo, sudoroso y desesperado. Tomándose la cabeza con las manos intentaba pensar. Tenía hambre y sed. Imaginaba los días allí, en el sótano, solo, muriendo lentamente. Apenas unas horas antes, escuchaba esa radio, esa que tenía frente a sus ojos, esa que tanto quería y que fue la causa de su encierro. Recordó a su padre y sonrió melancólico. Miró hacia la ventana con angustia. Era noche cerrada. Salvo el canto de los grillos, ningún otro sonido alteraba la soledad del lugar. La misma soledad que antes fue su amiga ahora se transformaba en su peor enemiga. Le pareció ver que una sombra luminosa se recortaba contra la oscuridad. Carlos abrió grandes los ojos. Miró atentamente. Allí estaba la pequeña a la que su madre encerró en un sótano de San Telmo. Lo miraba con tristeza. El hubiera querido decirle algo. Distraídamente, su mano cayó sobre una lapicera tipo bolígrafo. Recordó que una lapicera como esa estaba siempre junto a la radio, cuando su padre aún vivía.
Cerró los ojos y se dejó guiar por su corazón. Tomó la lapicera con delicadeza y buscó una hoja de papel en el cajón de la mesa. Con lágrimas corriendo por su cara garabateó en tinta azul indeleble:- ¡Perdón!-. La puerta se abrió dejando pasar una ráfaga de aire fresca.


sábado, 17 de mayo de 2008

El vendedor

La hora se acercaba. Planificaste este momento con mucha anticipación. Terminaste de maquillarte y elegiste el vestido que usabas en ocasiones especiales. Cerraste la valija con el candadito y bajaste al living a esperar. Habían quedado que Héctor pasaría a buscarte sobre la hora. No tenían mucho tiempo, pues Juan llegaría a tomar un café, como siempre, a las tres. Trataste de tranquilizarte leyendo una revista de modas. El chirrido del timbre te sobresaltó y corriste atropelladamente a la puerta. Te encontraste cara a cara con un desconocido de sonrisa infantil.
- Buenos días, queridísima señora- No queremos molestarla. Esto le va a tomar sólo un minuto de su valioso tiempo.
- ¿Qué desea? – dijiste, mientras maldecías por dentro.
- Aquí le traemos la maravillosa olla a presión que tan amablemente solicitó-
- Yo no solicité ninguna olla, ¿quiénes son ustedes?-
- ¿Usted es la señora de Pacheco?-
- Si, pero…
- Somos del grupo Bienvivir y estamos ofreciendo la oportunidad de conocer los maravillosos beneficios que esta extraordinaria olla traerá a su cocina-
Miraste con desesperación el reloj. Ya casi era la hora. Estaría por llegar. Si al pasar te veía hablando con alguien seguiría su camino. Ya te lo había advertido. No se dejaría ver por nadie. Debías esperar ya lista para salir inmediatamente.
- ¿De dónde sacó Ud. que yo quiero una olla?-
-Señora…, nosotros siempre vamos un paso delante en el confort hogareño. Seguramente llenó algún formulario en un shopping, o en el cine o teatro y salió adjudicada para una prueba de tres meses sin cargo y sin obligación de compra. Sólo tiene que disponer de pocos minutitos para que nosotros le expliquemos la cantidad de usos que tiene este portento de la cocina moderna. Acá tenemos un completísimo manual donde encontrará las más exquisitas preparaciones que nuestros mejores chef han dispuesto para nuestra selecta clientela…
Estabas desesperada. Mirabas para ambos lados de la calle tratando de ver si él llegaba. Tenías miedo que Juan apareciera antes y todo se fuera al diablo. ¡Te llevó tanto tiempo tomar esta decisión!
- …, además, le ofrecemos un mes de clases de cocina gourmet sin cargo, en nuestros prestigiosos locales que usted podrá elegir de acuerdo a su comodidad-
- No quiero la olla. No la pedí. Y tampoco tengo tiempo de cocinar. Estoy por viajar, así que por favor….
- No la vamos a molestar mucho tiempo. Es una oportunidad única que usted no debería desechar…acá podemos ver…
Viste el auto que se acercaba lentamente desde la esquina. Corriste a buscar la valija y arrastrándola, empujaste al vendedor hacia fuera, que se negaba a irse.
- … el fino material con que está elaborada…
-¡Basta! ¡Basta! – Gritaste con los ojos llenos de lágrimas.
El auto aceleró al ver gente en la puerta y rápidamente desapareció.
Juan llegó a tomar el café. Puntual. Como siempre.

viernes, 16 de mayo de 2008

Ni tú me debes ni te debo nada


Ni tú me debes ni te debo nada. Un río fuimos. Un espejo franco. Los dos bebimos de las aguas claras; asomamos los dos al vidrio manso.
El mismo beso nos quemó en los labios, con el mismo carbón prendido en llama. Las mismas ilusiones se nos fueron cuando cantar no quiso más el alma.
Fuimos río y espejo, fuimos besos, y cantamos con hojas y con alas canciones de alegría en los espejos.
Hoy tenemos a mano cuentas claras que urdieron en silencio nuestros dedos. Ni tú me debes ni te debo nada.

GUILLERMO GÓMEZ BRENES
( Nicaragua, 1930 ) Foto: Fede en Roma

Hola?


Ana María se sentó a esperar. Todo el día se paseó alrededor del teléfono. La campanilla no sonaba. Y ella, de aquí para allá, sin poder alejarse ni dos metros. ¿Por qué desgraciada razón no se había comprado el inalámbrico? Marta se lo había dicho: - Pero nena, todavía no tenés un inalámbrico, ni cable, ni celular? Después decís que no te avisamos nada-. Marta tenía razón. Era una negada tecnológica.
Con cincuenta años sólo podía manejar la computadora, pero con el programa instalado, y esto lo había logrado porque su jefa se lo impuso: -O aprendía a usar la PC o la pasaba al último rincón del archivo a clasificar papeles inútiles-.
Y ahora lamentaba no tenerlo porque desde hacía dos meses, todos los martes, justo cuando ella estaba en la ducha, sonaba y sonaba el muy desgraciado. Al principio pensó que la llamada era del geriátrico: le pasó algo a mamá!. Salía desesperada de la bañera, enjabonada, con los ojos ardidos de champú y sujetándose de los muebles para no patinar. Envuelta en la primera toalla que manoteaba, que para su desdicha siempre era la de mano, lograba sujetar el teléfono:- Marcela?- Escuchaba como a través de un túnel. -Marcela?- Repetía la voz gutural.
Durante las primeras llamadas y, a pesar de la bronca, respondía: “Equivocado”. Después, sucesivamente: ¿Con qué número quiere hablar? Otra vez usted? Se cansó de repetir: Equivocado! Marcá bien, tarado!, Idiota!, Dejá de joder!, Voy a llamar a la policía!
Entre tantas idas y vueltas del baño al teléfono y del teléfono al baño, consiguió una lumbalgia cuando se agachó a sujetar la toalla; un golpe en la frente con el borde de la ventana, que no llegó a ver por el champú en los ojos; un esguince de tobillo cuando saltó de la bañera y pisó mal. Estaba atemorizada. Se sentía espiada, acosada, perseguida. Intentó cambiar los horarios. Se bañaba después de cenar, al llegar, antes de acostarse, se levantaba a media noche. Daba igual. El maldito sólo sonaba cuando ella entraba en la ducha. Hasta que se acostumbró. Ahora fantaseaba con las llamadas. Iba a la peluquería a teñirse las raíces, se pintaba tímidamente y hasta comenzó la siempre postergada dieta. Tal vez fuera alguien conocido. De la oficina, del banco, o del geriátrico. Porqué no?.Un cocinero o un enfermero, o el portero, o el desinsectador, o el farmacéutico que le aplicó el anti-inflamatorio aquella vez que intentó bailar salsa y en un bamboleo quedó torcida por el ciático.
Otro martes terminó y no se oyó el rítmico campanillear. Tuvo la certeza de que la voz llamaría antes. Antes de que la lluvia cayera sobre su blando cuerpo. Cansada y sola, apoyó la cabeza sobre su brazo y esperó. Pasó la noche y Ana Maria amaneció en la misma posición. Con los ojos enrojecidos de sueño y llanto entró a bañarse. Sonó el teléfono. No se apuró. No tenía ganas. Estaba agotada. Cerró los ojos y dejó que el agua tibia, cercana, amiga, acariciara su cuerpo.

Cris.

jueves, 15 de mayo de 2008

El Ángelus


El Ángelus de Millet - Salvador Dalí

En un espacio plano hay un lugar imaginado donde dos sombras se encuentran: ella y él.
Gigantescas formas grises sobre un tiempo azul de paranoia.
Protectores del mundo, acompañados por oscuros amigos anidando sobre sus extrañas formas.
Ladrillos sobre ladrillos, fortalezas de amor. Puertas, ventanas, castillos coronados por nubes y más nubes azul cielo.
Horizonte negro, ondulante horizonte.
Leche de madre baña sus noches.
Pero aún es el día y un baldaquín de luz cae sobre sus cuerpos desnudos, erguidos.
Ella madre, él mensajero de amor.
Y allí están rezando un ángelus por nosotros, eternos custodios de un mundo azul
Geometrías lapislázuli y doradas los sostienen y ponen límites a sus rezos.
Sueño de genio.
Caballos desenfrenados galopando sobre sábana virgen.
Huellas multicolores.
Orfebre de imágenes.
Dueño de un tiempo mudo suspendido de un pincel.
Cris.

miércoles, 14 de mayo de 2008

La vela


Durante largo tiempo, los cortes de luz se reiteraban todas las noches. En invierno debido al aumento de energía propia del mal uso de aparatos aire-calor, calefactores eléctricos, planchas y todo lo que dependiera de la electricidad. En verano los aire acondicionados, ventiladores de techo, de pie, de mesa, de mano, heladeras, licuadoras, heladoras, motores de piscinas, etc., etc... Y cada noche en cuanto se abatía un manto negro sobre la ciudad, Juan Cruz, el chico de PB de ese edificio de clase media del Barrio de Congreso sacaba una vela encendida en un platito que colocaba delante de su puerta en el pasillo que continuaba hasta los ascensores del segundo cuerpo.
Esto ocurrió durante algún tiempo hasta que cesaron los cortes. Juan Cruz: 28 años, robusto no hubiera necesitado la vela, ya que vivía en PB, pero había sido de gran ayuda para la gente mayor que transitaba por ese largo pasillo. Era un joven muy apreciado por todos. Simpático y de una gran calidez.
Durante un largo período el muchacho estuvo, aparentemente, fuera del país, hasta que un día regresó.
Juan Cruz llegaba a su casa aproximadamente a las 18:30. Traía las compras y la botella de agua mineral siempre de la misma marca. Habría la puerta, se encaminaba a la cocina, encendía la luz, apoyaba las bolsas sobre la mesada, buscaba un platito de café, una vela común, blanca y larga (de las que vienen en un paquete azul), la encendía y la colocaba en el pasillo de entrada del edificio. Hecho esto daba media vuelta y se dirigía a su cuarto. Se sacaba los zapatos, el pantalón, la camisa, la corbata y los colocaba con sumo cuidado en la silla que estaba al lado de la cama, luego se ponía un jogging y una remera. De paso para la cocina encendía la TV, y comenzaba a prepararse la cena. Al día siguiente, cuando se levantaba lo primero que hacia era salir a buscar el platito con la vela derretida.
Era extraño ver la vela encendida en el pasillo ya que no se habían repetido los cortes, pero nadie atinaba a decirle nada. Al único que molestaba era al encargado del edificio que, cada día debía limpiar las gotitas de cera en el piso.
Un día, es decir una noche, la vela desapareció del platito. El muchacho no podía creer lo que veía (o lo que no veía). Quién se habría llevado la vela? Y para qué o porqué? Tal vez algún chico haciéndose el gracioso, o algún anciano entre los muchos que allí vivían. Partió para el trabajo. Volvió a casa a las 18:30 con sus bolsas de comida que dejo sobre la mesada de la cocina, buscó el platito de café y una vela blanca y larga, la encendió y la coloco en el mismo sitio de todas las noches. Cerró la puerta, espió por la mirilla, la vela seguía allí.
Fue al baño y antes de acostarse se cercioro de que todo estuviera bien. La vela seguía allí. Se acostó tranquilo. A la mañana y antes de ducharse, abrió la puerta para retirar el platito, con los restos de vela. No estaba!!! Solo quedaba el platito de café, blanco, en medio del pasillo. Qué habría pasado? Quien se llevaba sus velas? Porqué?
Estuvo intranquilo todo el día. Salio del trabajo, hizo las compras y se apuró para llegar a la casa. Repitió la misma rutina: platito, vela, pasillo. Cerró la puerta y espió unos minutos hasta que desistió. Un ruido en su estomago le aviso que aún no había comido y el cansancio estaba minando sus energías. Cenó con su botellita de agua mientras miraba TV y luego se encamino al baño. Antes de acostarse, abrió la puerta y miro a ambos lados del pasillo. La vela estaba allí, encendida. Silencio absoluto. Siempre le asombró lo tranquila que era la casa. Los vecinos nunca se oían y por la calle, que era lateral a una avenida, transitaban muy pocos autos. Antes de dormirse, tuvo un sobresalto, se levantó y corrió a la puerta, se asomó y vio la vela que titilaba sobre el plato. Se acostó y soñó que un fantasma con forma humana, flotaba a centímetros del piso en el pasillo. Se acercaba a la vela, la tomaba entre sus manos y la guardaba entre los pliegues de su piel. Se despertó agitado. Su cuerpo estaba húmedo de transpiración. Se levantó para tomar agua y no resistió la tentación de acercarse a la puerta. Miró por el ojo de la cerradura, estaba todo oscuro. Se sintió mal. La noche siguiente, y la otra y la otra, las velas fueron desapareciendo. Juan Cruz se propuso descubrir al maldito que las robaba y cada noche después de cenar, se sentaba detrás de la puerta con la oreja pegada a la madera para oír mejor. A cada rato se incorporaba a espiar por la mirilla. Al principio lo hacia durante media hora, luego una, dos, tres horas hasta que casi no se despegó de la puerta. No podía descubrir al ladrón. La vela se esfumaba de noche y junto con ella la tranquilidad del muchacho que ya solo vivía para vigilar. Había decidido no cocinar para no perder tiempo. Tampoco se ponía el jogging. Se olvidaba de comprar el agua y ya no encendía la TV ni el equipo de audio. Llegaba, buscaba el platito, la vela y la dejaba en el pasillo, luego se llevaba algún pedazo de queso y pan, una fruta, un pote de helado y se apoyaba en el dintel de la puerta a esperar. Pasaba el tiempo, la basura se acumulaba en ese rincón, Sólo se movía para ir al baño cuando ya no podía más, pero sabía que al volver la vela ya no estaría. El muy maldito parecía que adivinaba el momento en que descuidaba su puesto de vigía. Últimamente dormía detrás de la puerta y se repetía el sueño del fantasma llevándose la vela escondida entre los pliegues de la piel.
Dicen que los últimos días, ya no iba a trabajar, no se bañaba, no se afeitaba, no comía y sólo salía a la calle a comprar más velas, que cada noche colocaba en el mismo lugar. Su vida giraba en torno a la puerta y al pasillo de la casa. No iba más al baño, pero sabía que cuando se agachara a hacer sus necesidades, el muy astuto pasaría dejando el platito de café limpio en el pasillo.
Los vecinos extrañados del mal olor que salía del departamento avisaron a la administración. De allí llamaron a la policía y ésta a los bomberos. Con enormes hachas rompieron la puerta de la casa mientras Juan Cruz gritaba enloquecido que el fantasma era el ladrón de velas. Al entrar la policía, los bomberos y los vecinos más curiosos se encontraron con un olor nauseabundo que despedían los restos de comida apilados detrás de la puerta junto con desperdicios orgánicos. Debajo de la cama hallaron cientos de velas envueltas en un cubrecama. En el borde del mismo resaltaban las iniciales de un conocido neuropsiquiátrico de la zona.

martes, 13 de mayo de 2008


LOS HOMBRES HUECOS
T.S. ELIOT


SOMOS LOS HOMBRES HUECOS
SOMOS LOS HOMBRES RELLENOS
APOYADOS UNO EN OTRO
LA MOLLERA LLENA DE PAJA ¡AY¡
NUESTRAS VOCES RESECAS, CUANDO
SUSURRAMOS JUNTOS
SON TRANQUILAS Y SIN SIGNIFICADO
COMO VIENTO EN HIERBA SECA
O PATAS DE RATAS SOBRE CRISTAL ROTO
EN LA BODEGA SECA DE NUESTRAS PROVISIONES

FIGURA SIN FORMA, SOMBRA SIN COLOR
FUERZA PARALIZADA, GESTO SIN MOVIMIENTO

LOS QUE HAN CRUZADO
CON LOS OJOS DERECHOS, AL OTRO REINO DE LA MUERTE
NOS RECUERDAN –SI ES QUE NOS RECUERDAN-NO COMO PERDIDAS ALMAS VIOLENTAS, SINO SOLO
COMO LOS HOMBRES HUECOS
LOS HOMBRES RELLENADOS.

Ana


Sentada en ese rincón donde tantas veces charlaba con Ana- mientras intentaba en vano suavizar el oscuro trazo de sus ojeras-, sonrió tristemente. Oía el rítmico sonido del reloj de pared, apagado por la caja de vidrio: tic…tac…tic…tac. .Cuánto les gustaba escuchar- agotadas de placer -, el lento latir del reloj, apoyadas sobre el vasto respaldo de madera. La luz de la mañana comienza a colarse a través de las rendijas de las persianas cerradas. Luces y sombras se entremezclan dibujando siluetas amorfas. Tiene frío. Intenta cerrarse la camisa de seda azul y siente sus manos sobre la piel. Recuerda que se la quitó con desesperación, sintiéndose sucia y la lanzó lejos. Desanimada y triste, recorre la habitación con la mirada y la descubre, sobre el enredo de sábanas, colcha y almohadones. Se agita como en un sueño. Juraría que oyó la risa despreocupada de Ana, burlándose de JC. Un escalofrío de placer la recorre al recordar las manos suaves, cálidas sobre su espalda, subiendo y bajando lentamente. El temblor apasionado y vehemente de los dedos en su piel, entre sus piernas. Penetrando en su cuerpo, recorriendo cada recodo, cada curva, cada ángulo.
Se recogió sobre sí misma sujetándose el vientre con sus brazos y lloró. Lloró hasta que se quedó sin aire. Lloró hasta que sus ojos se secaron y su piel quedó tirante y dolorida. Lloró hasta que sólo quedó el presente y se olvidaron las caricias, los besos, las noches de viernes juntas, riendo y besándose; leyendo y besándose; comiendo y besándose. Viernes de encuentros apasionados cuando JC no estaba y ellas podían ser felices juntas.
Es viernes. Hoy tenía que estar con Ana. Quiso darle una sorpresa en el lugar de sus encuentros secretos. Era su aniversario. Una fecha que sólo ellas conocían.
Debía dejar todo preparado el día anterior. Cerró la oficina y fue a comprar el salmón, la salsa de soja, la palta y los langostinos para sushi. Se dirigió al barrio chino. Necesitaba una cuchilla bien filosa para cortar el delicado salmón y los rollitos de arroz. Feliz, llegó al departamento.
Se detuvo frente a la puerta, sonriendo sobre el felpudo que habían elegido juntas una tarde de verano, caminando por el Tigre. Buscó las llaves dentro del maldito bolso. Escuchó voces. Pegó la oreja a la puerta. Oyó su nombre en los labios de Ana y luego una carcajada. Y oyó palabras de amor con otro nombre. Y risas y murmullos de pasión. Cerró los ojos con fuerza. Encontró las llaves junto a la cuchilla. Entró sigilosamente. Los vio allí, sobre la cama. Desnudos en un revoltijo de almohadas y sábanas. Anita, su Anita, su amor. Sus manos en otras manos, su cuerpo en otro cuerpo. Y se vio, ella misma, reflejada en el espejo. Ella y su estupidez, su dolor y su asco. Hundió la mano dentro del bolso y la sacó con rapidez.
La bocina del colectivo junto a la ventana la volvió a la realidad. Oía el acompasado tic..tac…Se incorporó en el sillón y caminó lentamente. De pronto se sintió vieja. Vieja y sucia. Se acercó a la cama. Ajustó las sábanas. Innumerables pétalos de rosas rojos bailaban sobre la suave blancura. Acomodó el cuerpo deshilachado de Ana sobre la derecha de la cama. A la izquierda JC.

lunes, 12 de mayo de 2008

Querida, voy a comprar cigarrillos

Salió apurado como quien está por perder el tren. Llovía, pero eso no lo detuvo.
-¡Querida, voy a comprar cigarrillos!! Fue lo último que se le escuchó decir y luego…. la ausencia. Pasaron horas, días. Todos los que conocían el amor que Juan sentía por Dorita, supusieron que algo inesperado, extraordinario había pasado. No se lo podía haber tragado la tierra. Era incapaz de abandonar su casa, su familia, sus perros. Eso fue lo raro, los perros de Juan. Dos labradores sumamente cariñosos, se tornaron, de pronto, desconfiados, gruñones, casi agresivos. Durante el día andaban sueltos por el jardín, rondando un rincón del quincho. No se alejaban de allí. Pero lo peor pasaba de noche. A la misma hora que Juan salió a comprar cigarrillos comenzaban a aullar y cada noche, desde el desvanecimiento material del hombre, repetían el mismo llanto lastimoso.
Y digo, desvanecimiento, porque eso fue realmente lo que pasó. Aunque sería imposible explicar claramente lo sucedido, trataré de relatar lo que mi pobre y envejecida memoria recuerda del hecho que nos tuvo en vilo durante mucho tiempo.
Aparentemente, el muchacho salió de la casa en el momento en que una terrible tormenta se desataba sobre el villorrio. Truenos, rayos y relámpagos caían aquí y allá y el cielo no dejaba de tronar y enviar cataratas de agua sobre la tierra. Juan llevaba un paraguas cuya punta y mango eran de metal. Había sido de su difunta madre y lo usaba sólo de noche. Era muy antiguo, pero aún así le tenía un afecto especial. Se sentía protegido por el recuerdo de su madre en noches tan ingratas. Continuando con el relato, al salir de la casa, algo debe haberle llamado la atención en el jardín porque se dirigió hacia allí, en sentido contrario a la calle. Y eso es todo lo que conocemos o sospechamos. No tenemos la certeza de que las cosas hubieran pasado de esta forma, son todas conjeturas que fuimos armando a raíz de los descubrimientos posteriores a la fatídica noche a la que nos referimos.
Como Juan no llegaba, Dorita se inquietó, y comenzó a llamar a quienes pudieran haberlo visto pasar, o a quienes pudiera habérsele ocurrido visitar. A pesar de la gran lluvia que caía, era loquísimo pensar que podía desaparecer en la noche sin dejar rastro. Alguien debía saber algo. Llamó a Aldo, su mejor amigo, con el que compartían fútbol y asados; Raquel, la dueña del quiosco, quien además era la que les había entregado los cachorros; y por supuesto al padre de Juan que vivía en una casita en la esquina, solamente acompañado de Pelufo, un gato mañero. Nadie lo había visto. Así, en las primeras horas de la mañana y después de haber pasado la noche oyendo aullar los perros, dio aviso a la policía, que llegó a media mañana a tomar declaración. Intentaron tranquilizarla, - seguramente su marido se había quedado tomando una copita con algún amigo y que si al llegar la noche no volvía, llamara nuevamente a la comisaría a ver que podían hacer-. Dorita no lo podía creer, no lo buscarían. Pobre Juani! Donde andaría!. Al llegar la noche y con los aullidos como cortina de fondo llamó nuevamente al comisario rogándole que lo buscara, que algo le había sucedido, que él no se iba a ir así como así, su marido no era de esa clase de hombres. La policía comenzó buscando en la casa. Los intrigó la actitud de los perros que no dejaban de dar vueltas en círculo en ese rincón del jardín. Y hacia allí se dirigieron. Nada había que llamara la atención, así que husmearon un poco aquí y allá y se dirigieron a buscar pistas mas firmes por el barrio.
Los científicos dijeron luego que, seguramente, al salir Juan, un rayo habría sido atraído por el paraguas y que esa fuera la causa del estado del pobrecito. Porque volvió, si. Lo descubrió Emilse, la empleada de la limpieza, varias semanas después, cuando estaba barriendo el quincho. Los perros no la dejaban acercarse al rincón, junto a la parrilla. Pero con mucha paciencia les fue ganando la confianza. “Qué le iban a hacer, si ella los había cuidado desde que eran cachorritos?” Y así, con cuidado, fue llegando hasta ese rincón. Y lo vio. Juan había vuelto por fin. Estaba igualito a sí mismo. Con su camisa de franela a cuadros, su jean y el paraguas de la mamá con las grandes flores amarillas. Aparentemente fue apareciendo de a poco, porque nadie antes lo había notado, ni siquiera la policía cuando recorrió todo el quincho buscando alguna pista. Solo que volvió en forma de mancha, una enorme mancha de humedad, como si fuera un dibujo en papel carbónico plasmado sobre la pared de cemento, una fotografía en blanco y negro tomada de sorpresa en medio de una carrera, sosteniendo con fuerza el mango del paraguas, mientras luchaba contra el viento y mirando con cara de asombro como si descubrieran haciendo una travesura.
Allí estaba, inmóvil, la mirada fija en un punto más allá de la corporalidad de Emilse.
Durante un tiempo, el quincho fue lugar de peregrinación. Los perros murieron de viejos y fueron enterrados allí mismo, a sus pies, “para que no se sintiera tan solo el pobrecito”. La gente del pueblo le acercaba chicos enfermos, flores, estampitas, medallas, botellas con agua bendita. Le rezaban novenas. Si hasta quisieron construir una capilla en ese lugar. Hasta la muerte de Dorita, cuando Juan terminó de desvanecerse y sólo quedó la tumba de los perros y los restos abandonados de la devoción popular.

Letras amigas

Adelante mis amigos!
Los espero con los brazos abiertos y un rico matecito amargo (o dulce), café, té, chocolate o...

Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.