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lunes, 12 de mayo de 2008

Querida, voy a comprar cigarrillos

Salió apurado como quien está por perder el tren. Llovía, pero eso no lo detuvo.
-¡Querida, voy a comprar cigarrillos!! Fue lo último que se le escuchó decir y luego…. la ausencia. Pasaron horas, días. Todos los que conocían el amor que Juan sentía por Dorita, supusieron que algo inesperado, extraordinario había pasado. No se lo podía haber tragado la tierra. Era incapaz de abandonar su casa, su familia, sus perros. Eso fue lo raro, los perros de Juan. Dos labradores sumamente cariñosos, se tornaron, de pronto, desconfiados, gruñones, casi agresivos. Durante el día andaban sueltos por el jardín, rondando un rincón del quincho. No se alejaban de allí. Pero lo peor pasaba de noche. A la misma hora que Juan salió a comprar cigarrillos comenzaban a aullar y cada noche, desde el desvanecimiento material del hombre, repetían el mismo llanto lastimoso.
Y digo, desvanecimiento, porque eso fue realmente lo que pasó. Aunque sería imposible explicar claramente lo sucedido, trataré de relatar lo que mi pobre y envejecida memoria recuerda del hecho que nos tuvo en vilo durante mucho tiempo.
Aparentemente, el muchacho salió de la casa en el momento en que una terrible tormenta se desataba sobre el villorrio. Truenos, rayos y relámpagos caían aquí y allá y el cielo no dejaba de tronar y enviar cataratas de agua sobre la tierra. Juan llevaba un paraguas cuya punta y mango eran de metal. Había sido de su difunta madre y lo usaba sólo de noche. Era muy antiguo, pero aún así le tenía un afecto especial. Se sentía protegido por el recuerdo de su madre en noches tan ingratas. Continuando con el relato, al salir de la casa, algo debe haberle llamado la atención en el jardín porque se dirigió hacia allí, en sentido contrario a la calle. Y eso es todo lo que conocemos o sospechamos. No tenemos la certeza de que las cosas hubieran pasado de esta forma, son todas conjeturas que fuimos armando a raíz de los descubrimientos posteriores a la fatídica noche a la que nos referimos.
Como Juan no llegaba, Dorita se inquietó, y comenzó a llamar a quienes pudieran haberlo visto pasar, o a quienes pudiera habérsele ocurrido visitar. A pesar de la gran lluvia que caía, era loquísimo pensar que podía desaparecer en la noche sin dejar rastro. Alguien debía saber algo. Llamó a Aldo, su mejor amigo, con el que compartían fútbol y asados; Raquel, la dueña del quiosco, quien además era la que les había entregado los cachorros; y por supuesto al padre de Juan que vivía en una casita en la esquina, solamente acompañado de Pelufo, un gato mañero. Nadie lo había visto. Así, en las primeras horas de la mañana y después de haber pasado la noche oyendo aullar los perros, dio aviso a la policía, que llegó a media mañana a tomar declaración. Intentaron tranquilizarla, - seguramente su marido se había quedado tomando una copita con algún amigo y que si al llegar la noche no volvía, llamara nuevamente a la comisaría a ver que podían hacer-. Dorita no lo podía creer, no lo buscarían. Pobre Juani! Donde andaría!. Al llegar la noche y con los aullidos como cortina de fondo llamó nuevamente al comisario rogándole que lo buscara, que algo le había sucedido, que él no se iba a ir así como así, su marido no era de esa clase de hombres. La policía comenzó buscando en la casa. Los intrigó la actitud de los perros que no dejaban de dar vueltas en círculo en ese rincón del jardín. Y hacia allí se dirigieron. Nada había que llamara la atención, así que husmearon un poco aquí y allá y se dirigieron a buscar pistas mas firmes por el barrio.
Los científicos dijeron luego que, seguramente, al salir Juan, un rayo habría sido atraído por el paraguas y que esa fuera la causa del estado del pobrecito. Porque volvió, si. Lo descubrió Emilse, la empleada de la limpieza, varias semanas después, cuando estaba barriendo el quincho. Los perros no la dejaban acercarse al rincón, junto a la parrilla. Pero con mucha paciencia les fue ganando la confianza. “Qué le iban a hacer, si ella los había cuidado desde que eran cachorritos?” Y así, con cuidado, fue llegando hasta ese rincón. Y lo vio. Juan había vuelto por fin. Estaba igualito a sí mismo. Con su camisa de franela a cuadros, su jean y el paraguas de la mamá con las grandes flores amarillas. Aparentemente fue apareciendo de a poco, porque nadie antes lo había notado, ni siquiera la policía cuando recorrió todo el quincho buscando alguna pista. Solo que volvió en forma de mancha, una enorme mancha de humedad, como si fuera un dibujo en papel carbónico plasmado sobre la pared de cemento, una fotografía en blanco y negro tomada de sorpresa en medio de una carrera, sosteniendo con fuerza el mango del paraguas, mientras luchaba contra el viento y mirando con cara de asombro como si descubrieran haciendo una travesura.
Allí estaba, inmóvil, la mirada fija en un punto más allá de la corporalidad de Emilse.
Durante un tiempo, el quincho fue lugar de peregrinación. Los perros murieron de viejos y fueron enterrados allí mismo, a sus pies, “para que no se sintiera tan solo el pobrecito”. La gente del pueblo le acercaba chicos enfermos, flores, estampitas, medallas, botellas con agua bendita. Le rezaban novenas. Si hasta quisieron construir una capilla en ese lugar. Hasta la muerte de Dorita, cuando Juan terminó de desvanecerse y sólo quedó la tumba de los perros y los restos abandonados de la devoción popular.

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Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.