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jueves, 31 de diciembre de 2009

FELIZ 2010!!!!!!!!!!!!!!!!


Muchas gracias a todos los que me acompañaron durante este año. Gracias por su comprensión y apoyo. Muchas felicidades y que se cumplan todos sus deseos!


Feliz, feliz 2010!!!!!!!!
Foto: Isabella. 31-12-09

jueves, 17 de diciembre de 2009

Penumbras


Sólo conocía de él su olor. El latido de su piel. Y ese calor denso del deseo, que la asfixiaba, la poseía y la dejaba desleída de placer.
Cada tarde, cuando el día adormecido de tedio, se arrinconaba en vapores siestinos, Violeta cerraba los postigos de su ventana y abría los visillos de su sexo.
Antonio llegaba al compás de un silbido dulce, que a ella le sabía a miel de algarroba. Perros vagabundos ladraban cómplices mientras él ascendía al paraíso oscuro de Violeta.
Nunca se encontraron fuera de esas paredes, húmedas de besos sedientos, de piernas resbalosas de sudores íntimos.
Sólo conocía de él ese amor en penumbras. Y su olor a siesta madura y los quejidos de las ropas olvidadas.
Un enero vacío, los perros ladraron desganados. Violeta extrañó la inmediatez de la sangre del hombre. La dulzura de sus extensiones y la prepotencia de sus fluidos. Esperó en el silencio oscuro, la llegada de su melodía. La siesta toda se derramó en espera.
Ocultó, entonces, Violeta, los gemidos amorosos entre las ropas agotadas; abrió la ventana y cerró los visillos de su sexo.
Antonio silbaba dulce, su siesta en otras penumbras.
Cris.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Náuseas



Laura anhelaba tocar tierra. Que el mundo dejara de moverse. Se incorporó un poco. Sólo la noche bañada de espuma entraba por el ojo de buey. No recordaba cuándo había sido la última vez que se levantó de la cama. El camarote se había transformado en su prisión. Y su cuerpo en un cancerbero. La cabeza le daba vueltas y un escalofrío permanente la sacudía con rítmicos estertores.
Cuando el zarandeo calmaba un poco, Laura pensaba en la mujer que le leyó unas piedras recogidas de la arena. Y maldecía el momento en que no le creyó.
Ahora ya no se escuchaban voces. Lo último que ella oyó el día anterior, fue el llanto de un niño, después silencio, sólo interrumpido por ese horrible rechinar a lata, que se deslizaba por los pasillos del barco y se filtraba por debajo de las puertas. Y por el bramido sediento del mar. Otra náusea y otro látigo de dolor. Y en el medio la profecía desoída: Aléjate del mar.
El chirrido se deslizaba lento por el piso, se acercaba, la rodeaba. Ella podía oler ese ácido de herrumbre vieja. Sentía en sus manos el frío salado. Escuchaba cómo rugían sus huesos cuando la proa se hundía hasta el vientre devorador, para volverse nuevamente contra el cielo. Un sudor helado le recorría el cuerpo, blando ya, sin sustancia, sin espesor. Y Laura se sujetaba de la litera, con fuerza, clavando sus uñas en la madera resbalosa, sacudiéndose en una vorágine de sudor y espanto. La náusea le apretaba el pecho, le quitaba el aire. Laura se encogía, se abrazaba, se deslizaba entre las sábanas.
La puerta del camarote se abrió con un ruido a hierros gastados. Y un grito de espanto se dibujó en los ojos de Laura. Afuera, el viento sacudía sus humores.

Cris.



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Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.