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sábado, 31 de mayo de 2008

¿...?



Qué pasa cuando la noche sofoca al alba
y tiende un manto vaporoso sobre mi piel
Qué pasa cuando la incertidumbre penetra en mi alma
y la deja sin acierto
Qué pasa cuando todas las puertas trampean
al fantasma de tu sombra
Qué pasa cuando cada gesto mío
es hundido en las ciénagas de la desolación
Qué pasa amor, con mi amor
cuando aún no me has amado.


Cris




Sin nombre

Qué dorado anillo rodeó tu cintura de nácar
Quién libó tu dulzura, espuma de leche fresca
Quién tendió el lecho de seda negra
Quién bordó con hilos
diamantinos tu tocado
Quién cubrió así tu cabellera de nieve
Sonreías igual
mientras eras mancillada



Cris.

lunes, 26 de mayo de 2008

La niña



Carlos pasaba sus vacaciones en Villa Traful, un paraíso rodeado de lengas, alerces, arrayanes y kilómetros de lago azul. La casa de piedra y madera, estaba ubicada en un recodo del camino que desaparecía en un espejo de aguas somnolientas.
Al frente, grandes ventanas se abrían al bosque, desde donde se podía ver el atardecer reflejado en el lago. Destellos rojizos y dorados encendían la tarde y decenas de colibríes, pájaros carpinteros y pequeños halcones, revoloteaban desde la orilla. La casa era mediana, de dos plantas, muy luminosa. Carlos decidió mudarse cuando, finalmente, cerró la última causa penal. Fue un caso duro, arduo, que lo dejó agotado: la exitosa defensa de una mujer que encerró a su hija y la dejó morir de hambre. Durante muchas noches lo persiguió la cara de la pequeña. De pelo corto, atado en dos colitas con cintas celestes, miraba triste desde una foto amarillenta que engrosaba el frío legajo.
Carlos Gancedo. Abogado penalista. Separado, sin hijos. Ese verano se instaló en la Villa. No quiso teléfono ni timbre en su casa.
Ningún ruido discordante le arrebataría el placer de escuchar los sonidos de la naturaleza.
Cuando el día era cálido leía en el deck, con el sol de frente, hasta que la luz dejaba paso a las sombras. Si estaba fresco, se refugiaba en el living, un lugar amplio, con paredes de salpicrep blancas. Cuando el crepúsculo avanzaba, dos lámparas negras, geométricas, que colgaban del techo a dos aguas, de madera lustrada, encendían el lugar. No abundaban los muebles. Una mesa de madera y cristal con seis sillas; un mueble alargado. Carlos había conseguido olvidar, de a ratos, su último caso. Exorcizaba su culpa tirado en los sillones de cuero blanco; un libro en la mano, buena música en la radio y un vaso de oscuro vino patagónico.
Aquella tarde era perfecta. Leía El día que Nietzsche lloró, mientras se acariciaba la barba que crecía desprolija, desde su llegada a la casa. En la radio se oía Smile, en la voz áspera de Rod Steward. En un instante la voz desapareció. Sólo se escuchaba el canto de los pájaros. Carlos levantó la vista del libro y miró la radio que había pertenecido a su padre, a la que aggiornó con dos parlantes de última generación. De madera lustrada, con una tecla verde, resaltaba, antigua, de todos los muebles. Tocó la única tecla que tenía: silencio. Decidió llevarla al sótano, donde tenía la caja de herramientas.
El lugar estaba cuidado. Lo hizo construir pensando en compartirlo con amigos, algo que aún no había hecho porque se sentía bien solo.
En el centro se destacaba, una mesa de pool con paño verde y, frente a las escaleras, otra más pequeña, de póquer, con cuatro sillas, donde reinaba un único dado huérfano de cubilete. Sobre un lado, una ventana angosta y alargada, recorría, a nivel del piso de la casa, todo el ancho de la pared. Carlos se dirigió hacia el rincón donde estaba la mesa de trabajo y la caja de herramientas.
Apoyó la radio que parecía sonreírle y buscó un destornillador del tipo phillips. Trataba de desarmarla con el cuidado que provocan las cosas muy queridas. Suavemente fue sacando los tornillos de la plancha de atrás. Estaba tan ensimismado en su trabajo, que casi se cae de la silla cuando oyó el portazo.
La puerta estaba blindada y tenía doble enchapado parta amortiguar los ruidos del sótano. La habían colocado dos días antes. Recordó que el trabajo no quedó terminado. Faltaban los herrajes de la cerradura, por lo tanto no tenía picaporte. En el apuro por bajar, se olvidó de ese detalle que, no por nimio era menos preocupante. Dejó la radio y subió las escaleras hasta alcanzar la puerta. Apoyó su cuerpo de costado empujando con fuerza varias veces, hasta quedar dolorido. Imposible. Con un destornillador grande quiso palanquear la puerta, pero ni siquiera pudo pasarlo entre la hoja y el marco. Intentó con una barreta muy fina pero fuerte, tampoco consiguió moverla. El tiempo corría alimentando su angustia. Agotado, recorrió varias veces el sótano pensando en su situación, mientras se acariciaba nerviosamente la barba. Estaba encerrado. No tenía teléfono. No había vecinos cerca, pero aunque los hubiera, él era nuevo en la zona y aún no lo conocían. Nadie venía a visitarlo. La única ventana era demasiado delgada y de vidrios fijos. Inútil golpearlos, eran de policarbonato. A Carlos le parecía que el dado sobre la mesa sonreía con su único ojo. Se derrumbó en la silla de la mesa de trabajo, sudoroso y desesperado. Tomándose la cabeza con las manos intentaba pensar. Tenía hambre y sed. Imaginaba los días allí, en el sótano, solo, muriendo lentamente. Apenas unas horas antes, escuchaba esa radio, esa que tenía frente a sus ojos, esa que tanto quería y que fue la causa de su encierro. Recordó a su padre y sonrió melancólico. Miró hacia la ventana con angustia. Era noche cerrada. Salvo el canto de los grillos, ningún otro sonido alteraba la soledad del lugar. La misma soledad que antes fue su amiga ahora se transformaba en su peor enemiga. Le pareció ver que una sombra luminosa se recortaba contra la oscuridad. Carlos abrió grandes los ojos. Miró atentamente. Allí estaba la pequeña a la que su madre encerró en un sótano de San Telmo. Lo miraba con tristeza. El hubiera querido decirle algo. Distraídamente, su mano cayó sobre una lapicera tipo bolígrafo. Recordó que una lapicera como esa estaba siempre junto a la radio, cuando su padre aún vivía.
Cerró los ojos y se dejó guiar por su corazón. Tomó la lapicera con delicadeza y buscó una hoja de papel en el cajón de la mesa. Con lágrimas corriendo por su cara garabateó en tinta azul indeleble:- ¡Perdón!-. La puerta se abrió dejando pasar una ráfaga de aire fresca.


sábado, 17 de mayo de 2008

El vendedor

La hora se acercaba. Planificaste este momento con mucha anticipación. Terminaste de maquillarte y elegiste el vestido que usabas en ocasiones especiales. Cerraste la valija con el candadito y bajaste al living a esperar. Habían quedado que Héctor pasaría a buscarte sobre la hora. No tenían mucho tiempo, pues Juan llegaría a tomar un café, como siempre, a las tres. Trataste de tranquilizarte leyendo una revista de modas. El chirrido del timbre te sobresaltó y corriste atropelladamente a la puerta. Te encontraste cara a cara con un desconocido de sonrisa infantil.
- Buenos días, queridísima señora- No queremos molestarla. Esto le va a tomar sólo un minuto de su valioso tiempo.
- ¿Qué desea? – dijiste, mientras maldecías por dentro.
- Aquí le traemos la maravillosa olla a presión que tan amablemente solicitó-
- Yo no solicité ninguna olla, ¿quiénes son ustedes?-
- ¿Usted es la señora de Pacheco?-
- Si, pero…
- Somos del grupo Bienvivir y estamos ofreciendo la oportunidad de conocer los maravillosos beneficios que esta extraordinaria olla traerá a su cocina-
Miraste con desesperación el reloj. Ya casi era la hora. Estaría por llegar. Si al pasar te veía hablando con alguien seguiría su camino. Ya te lo había advertido. No se dejaría ver por nadie. Debías esperar ya lista para salir inmediatamente.
- ¿De dónde sacó Ud. que yo quiero una olla?-
-Señora…, nosotros siempre vamos un paso delante en el confort hogareño. Seguramente llenó algún formulario en un shopping, o en el cine o teatro y salió adjudicada para una prueba de tres meses sin cargo y sin obligación de compra. Sólo tiene que disponer de pocos minutitos para que nosotros le expliquemos la cantidad de usos que tiene este portento de la cocina moderna. Acá tenemos un completísimo manual donde encontrará las más exquisitas preparaciones que nuestros mejores chef han dispuesto para nuestra selecta clientela…
Estabas desesperada. Mirabas para ambos lados de la calle tratando de ver si él llegaba. Tenías miedo que Juan apareciera antes y todo se fuera al diablo. ¡Te llevó tanto tiempo tomar esta decisión!
- …, además, le ofrecemos un mes de clases de cocina gourmet sin cargo, en nuestros prestigiosos locales que usted podrá elegir de acuerdo a su comodidad-
- No quiero la olla. No la pedí. Y tampoco tengo tiempo de cocinar. Estoy por viajar, así que por favor….
- No la vamos a molestar mucho tiempo. Es una oportunidad única que usted no debería desechar…acá podemos ver…
Viste el auto que se acercaba lentamente desde la esquina. Corriste a buscar la valija y arrastrándola, empujaste al vendedor hacia fuera, que se negaba a irse.
- … el fino material con que está elaborada…
-¡Basta! ¡Basta! – Gritaste con los ojos llenos de lágrimas.
El auto aceleró al ver gente en la puerta y rápidamente desapareció.
Juan llegó a tomar el café. Puntual. Como siempre.

viernes, 16 de mayo de 2008

Ni tú me debes ni te debo nada


Ni tú me debes ni te debo nada. Un río fuimos. Un espejo franco. Los dos bebimos de las aguas claras; asomamos los dos al vidrio manso.
El mismo beso nos quemó en los labios, con el mismo carbón prendido en llama. Las mismas ilusiones se nos fueron cuando cantar no quiso más el alma.
Fuimos río y espejo, fuimos besos, y cantamos con hojas y con alas canciones de alegría en los espejos.
Hoy tenemos a mano cuentas claras que urdieron en silencio nuestros dedos. Ni tú me debes ni te debo nada.

GUILLERMO GÓMEZ BRENES
( Nicaragua, 1930 ) Foto: Fede en Roma

Hola?


Ana María se sentó a esperar. Todo el día se paseó alrededor del teléfono. La campanilla no sonaba. Y ella, de aquí para allá, sin poder alejarse ni dos metros. ¿Por qué desgraciada razón no se había comprado el inalámbrico? Marta se lo había dicho: - Pero nena, todavía no tenés un inalámbrico, ni cable, ni celular? Después decís que no te avisamos nada-. Marta tenía razón. Era una negada tecnológica.
Con cincuenta años sólo podía manejar la computadora, pero con el programa instalado, y esto lo había logrado porque su jefa se lo impuso: -O aprendía a usar la PC o la pasaba al último rincón del archivo a clasificar papeles inútiles-.
Y ahora lamentaba no tenerlo porque desde hacía dos meses, todos los martes, justo cuando ella estaba en la ducha, sonaba y sonaba el muy desgraciado. Al principio pensó que la llamada era del geriátrico: le pasó algo a mamá!. Salía desesperada de la bañera, enjabonada, con los ojos ardidos de champú y sujetándose de los muebles para no patinar. Envuelta en la primera toalla que manoteaba, que para su desdicha siempre era la de mano, lograba sujetar el teléfono:- Marcela?- Escuchaba como a través de un túnel. -Marcela?- Repetía la voz gutural.
Durante las primeras llamadas y, a pesar de la bronca, respondía: “Equivocado”. Después, sucesivamente: ¿Con qué número quiere hablar? Otra vez usted? Se cansó de repetir: Equivocado! Marcá bien, tarado!, Idiota!, Dejá de joder!, Voy a llamar a la policía!
Entre tantas idas y vueltas del baño al teléfono y del teléfono al baño, consiguió una lumbalgia cuando se agachó a sujetar la toalla; un golpe en la frente con el borde de la ventana, que no llegó a ver por el champú en los ojos; un esguince de tobillo cuando saltó de la bañera y pisó mal. Estaba atemorizada. Se sentía espiada, acosada, perseguida. Intentó cambiar los horarios. Se bañaba después de cenar, al llegar, antes de acostarse, se levantaba a media noche. Daba igual. El maldito sólo sonaba cuando ella entraba en la ducha. Hasta que se acostumbró. Ahora fantaseaba con las llamadas. Iba a la peluquería a teñirse las raíces, se pintaba tímidamente y hasta comenzó la siempre postergada dieta. Tal vez fuera alguien conocido. De la oficina, del banco, o del geriátrico. Porqué no?.Un cocinero o un enfermero, o el portero, o el desinsectador, o el farmacéutico que le aplicó el anti-inflamatorio aquella vez que intentó bailar salsa y en un bamboleo quedó torcida por el ciático.
Otro martes terminó y no se oyó el rítmico campanillear. Tuvo la certeza de que la voz llamaría antes. Antes de que la lluvia cayera sobre su blando cuerpo. Cansada y sola, apoyó la cabeza sobre su brazo y esperó. Pasó la noche y Ana Maria amaneció en la misma posición. Con los ojos enrojecidos de sueño y llanto entró a bañarse. Sonó el teléfono. No se apuró. No tenía ganas. Estaba agotada. Cerró los ojos y dejó que el agua tibia, cercana, amiga, acariciara su cuerpo.

Cris.

jueves, 15 de mayo de 2008

El Ángelus


El Ángelus de Millet - Salvador Dalí

En un espacio plano hay un lugar imaginado donde dos sombras se encuentran: ella y él.
Gigantescas formas grises sobre un tiempo azul de paranoia.
Protectores del mundo, acompañados por oscuros amigos anidando sobre sus extrañas formas.
Ladrillos sobre ladrillos, fortalezas de amor. Puertas, ventanas, castillos coronados por nubes y más nubes azul cielo.
Horizonte negro, ondulante horizonte.
Leche de madre baña sus noches.
Pero aún es el día y un baldaquín de luz cae sobre sus cuerpos desnudos, erguidos.
Ella madre, él mensajero de amor.
Y allí están rezando un ángelus por nosotros, eternos custodios de un mundo azul
Geometrías lapislázuli y doradas los sostienen y ponen límites a sus rezos.
Sueño de genio.
Caballos desenfrenados galopando sobre sábana virgen.
Huellas multicolores.
Orfebre de imágenes.
Dueño de un tiempo mudo suspendido de un pincel.
Cris.

miércoles, 14 de mayo de 2008

La vela


Durante largo tiempo, los cortes de luz se reiteraban todas las noches. En invierno debido al aumento de energía propia del mal uso de aparatos aire-calor, calefactores eléctricos, planchas y todo lo que dependiera de la electricidad. En verano los aire acondicionados, ventiladores de techo, de pie, de mesa, de mano, heladeras, licuadoras, heladoras, motores de piscinas, etc., etc... Y cada noche en cuanto se abatía un manto negro sobre la ciudad, Juan Cruz, el chico de PB de ese edificio de clase media del Barrio de Congreso sacaba una vela encendida en un platito que colocaba delante de su puerta en el pasillo que continuaba hasta los ascensores del segundo cuerpo.
Esto ocurrió durante algún tiempo hasta que cesaron los cortes. Juan Cruz: 28 años, robusto no hubiera necesitado la vela, ya que vivía en PB, pero había sido de gran ayuda para la gente mayor que transitaba por ese largo pasillo. Era un joven muy apreciado por todos. Simpático y de una gran calidez.
Durante un largo período el muchacho estuvo, aparentemente, fuera del país, hasta que un día regresó.
Juan Cruz llegaba a su casa aproximadamente a las 18:30. Traía las compras y la botella de agua mineral siempre de la misma marca. Habría la puerta, se encaminaba a la cocina, encendía la luz, apoyaba las bolsas sobre la mesada, buscaba un platito de café, una vela común, blanca y larga (de las que vienen en un paquete azul), la encendía y la colocaba en el pasillo de entrada del edificio. Hecho esto daba media vuelta y se dirigía a su cuarto. Se sacaba los zapatos, el pantalón, la camisa, la corbata y los colocaba con sumo cuidado en la silla que estaba al lado de la cama, luego se ponía un jogging y una remera. De paso para la cocina encendía la TV, y comenzaba a prepararse la cena. Al día siguiente, cuando se levantaba lo primero que hacia era salir a buscar el platito con la vela derretida.
Era extraño ver la vela encendida en el pasillo ya que no se habían repetido los cortes, pero nadie atinaba a decirle nada. Al único que molestaba era al encargado del edificio que, cada día debía limpiar las gotitas de cera en el piso.
Un día, es decir una noche, la vela desapareció del platito. El muchacho no podía creer lo que veía (o lo que no veía). Quién se habría llevado la vela? Y para qué o porqué? Tal vez algún chico haciéndose el gracioso, o algún anciano entre los muchos que allí vivían. Partió para el trabajo. Volvió a casa a las 18:30 con sus bolsas de comida que dejo sobre la mesada de la cocina, buscó el platito de café y una vela blanca y larga, la encendió y la coloco en el mismo sitio de todas las noches. Cerró la puerta, espió por la mirilla, la vela seguía allí.
Fue al baño y antes de acostarse se cercioro de que todo estuviera bien. La vela seguía allí. Se acostó tranquilo. A la mañana y antes de ducharse, abrió la puerta para retirar el platito, con los restos de vela. No estaba!!! Solo quedaba el platito de café, blanco, en medio del pasillo. Qué habría pasado? Quien se llevaba sus velas? Porqué?
Estuvo intranquilo todo el día. Salio del trabajo, hizo las compras y se apuró para llegar a la casa. Repitió la misma rutina: platito, vela, pasillo. Cerró la puerta y espió unos minutos hasta que desistió. Un ruido en su estomago le aviso que aún no había comido y el cansancio estaba minando sus energías. Cenó con su botellita de agua mientras miraba TV y luego se encamino al baño. Antes de acostarse, abrió la puerta y miro a ambos lados del pasillo. La vela estaba allí, encendida. Silencio absoluto. Siempre le asombró lo tranquila que era la casa. Los vecinos nunca se oían y por la calle, que era lateral a una avenida, transitaban muy pocos autos. Antes de dormirse, tuvo un sobresalto, se levantó y corrió a la puerta, se asomó y vio la vela que titilaba sobre el plato. Se acostó y soñó que un fantasma con forma humana, flotaba a centímetros del piso en el pasillo. Se acercaba a la vela, la tomaba entre sus manos y la guardaba entre los pliegues de su piel. Se despertó agitado. Su cuerpo estaba húmedo de transpiración. Se levantó para tomar agua y no resistió la tentación de acercarse a la puerta. Miró por el ojo de la cerradura, estaba todo oscuro. Se sintió mal. La noche siguiente, y la otra y la otra, las velas fueron desapareciendo. Juan Cruz se propuso descubrir al maldito que las robaba y cada noche después de cenar, se sentaba detrás de la puerta con la oreja pegada a la madera para oír mejor. A cada rato se incorporaba a espiar por la mirilla. Al principio lo hacia durante media hora, luego una, dos, tres horas hasta que casi no se despegó de la puerta. No podía descubrir al ladrón. La vela se esfumaba de noche y junto con ella la tranquilidad del muchacho que ya solo vivía para vigilar. Había decidido no cocinar para no perder tiempo. Tampoco se ponía el jogging. Se olvidaba de comprar el agua y ya no encendía la TV ni el equipo de audio. Llegaba, buscaba el platito, la vela y la dejaba en el pasillo, luego se llevaba algún pedazo de queso y pan, una fruta, un pote de helado y se apoyaba en el dintel de la puerta a esperar. Pasaba el tiempo, la basura se acumulaba en ese rincón, Sólo se movía para ir al baño cuando ya no podía más, pero sabía que al volver la vela ya no estaría. El muy maldito parecía que adivinaba el momento en que descuidaba su puesto de vigía. Últimamente dormía detrás de la puerta y se repetía el sueño del fantasma llevándose la vela escondida entre los pliegues de la piel.
Dicen que los últimos días, ya no iba a trabajar, no se bañaba, no se afeitaba, no comía y sólo salía a la calle a comprar más velas, que cada noche colocaba en el mismo lugar. Su vida giraba en torno a la puerta y al pasillo de la casa. No iba más al baño, pero sabía que cuando se agachara a hacer sus necesidades, el muy astuto pasaría dejando el platito de café limpio en el pasillo.
Los vecinos extrañados del mal olor que salía del departamento avisaron a la administración. De allí llamaron a la policía y ésta a los bomberos. Con enormes hachas rompieron la puerta de la casa mientras Juan Cruz gritaba enloquecido que el fantasma era el ladrón de velas. Al entrar la policía, los bomberos y los vecinos más curiosos se encontraron con un olor nauseabundo que despedían los restos de comida apilados detrás de la puerta junto con desperdicios orgánicos. Debajo de la cama hallaron cientos de velas envueltas en un cubrecama. En el borde del mismo resaltaban las iniciales de un conocido neuropsiquiátrico de la zona.

martes, 13 de mayo de 2008


LOS HOMBRES HUECOS
T.S. ELIOT


SOMOS LOS HOMBRES HUECOS
SOMOS LOS HOMBRES RELLENOS
APOYADOS UNO EN OTRO
LA MOLLERA LLENA DE PAJA ¡AY¡
NUESTRAS VOCES RESECAS, CUANDO
SUSURRAMOS JUNTOS
SON TRANQUILAS Y SIN SIGNIFICADO
COMO VIENTO EN HIERBA SECA
O PATAS DE RATAS SOBRE CRISTAL ROTO
EN LA BODEGA SECA DE NUESTRAS PROVISIONES

FIGURA SIN FORMA, SOMBRA SIN COLOR
FUERZA PARALIZADA, GESTO SIN MOVIMIENTO

LOS QUE HAN CRUZADO
CON LOS OJOS DERECHOS, AL OTRO REINO DE LA MUERTE
NOS RECUERDAN –SI ES QUE NOS RECUERDAN-NO COMO PERDIDAS ALMAS VIOLENTAS, SINO SOLO
COMO LOS HOMBRES HUECOS
LOS HOMBRES RELLENADOS.

Ana


Sentada en ese rincón donde tantas veces charlaba con Ana- mientras intentaba en vano suavizar el oscuro trazo de sus ojeras-, sonrió tristemente. Oía el rítmico sonido del reloj de pared, apagado por la caja de vidrio: tic…tac…tic…tac. .Cuánto les gustaba escuchar- agotadas de placer -, el lento latir del reloj, apoyadas sobre el vasto respaldo de madera. La luz de la mañana comienza a colarse a través de las rendijas de las persianas cerradas. Luces y sombras se entremezclan dibujando siluetas amorfas. Tiene frío. Intenta cerrarse la camisa de seda azul y siente sus manos sobre la piel. Recuerda que se la quitó con desesperación, sintiéndose sucia y la lanzó lejos. Desanimada y triste, recorre la habitación con la mirada y la descubre, sobre el enredo de sábanas, colcha y almohadones. Se agita como en un sueño. Juraría que oyó la risa despreocupada de Ana, burlándose de JC. Un escalofrío de placer la recorre al recordar las manos suaves, cálidas sobre su espalda, subiendo y bajando lentamente. El temblor apasionado y vehemente de los dedos en su piel, entre sus piernas. Penetrando en su cuerpo, recorriendo cada recodo, cada curva, cada ángulo.
Se recogió sobre sí misma sujetándose el vientre con sus brazos y lloró. Lloró hasta que se quedó sin aire. Lloró hasta que sus ojos se secaron y su piel quedó tirante y dolorida. Lloró hasta que sólo quedó el presente y se olvidaron las caricias, los besos, las noches de viernes juntas, riendo y besándose; leyendo y besándose; comiendo y besándose. Viernes de encuentros apasionados cuando JC no estaba y ellas podían ser felices juntas.
Es viernes. Hoy tenía que estar con Ana. Quiso darle una sorpresa en el lugar de sus encuentros secretos. Era su aniversario. Una fecha que sólo ellas conocían.
Debía dejar todo preparado el día anterior. Cerró la oficina y fue a comprar el salmón, la salsa de soja, la palta y los langostinos para sushi. Se dirigió al barrio chino. Necesitaba una cuchilla bien filosa para cortar el delicado salmón y los rollitos de arroz. Feliz, llegó al departamento.
Se detuvo frente a la puerta, sonriendo sobre el felpudo que habían elegido juntas una tarde de verano, caminando por el Tigre. Buscó las llaves dentro del maldito bolso. Escuchó voces. Pegó la oreja a la puerta. Oyó su nombre en los labios de Ana y luego una carcajada. Y oyó palabras de amor con otro nombre. Y risas y murmullos de pasión. Cerró los ojos con fuerza. Encontró las llaves junto a la cuchilla. Entró sigilosamente. Los vio allí, sobre la cama. Desnudos en un revoltijo de almohadas y sábanas. Anita, su Anita, su amor. Sus manos en otras manos, su cuerpo en otro cuerpo. Y se vio, ella misma, reflejada en el espejo. Ella y su estupidez, su dolor y su asco. Hundió la mano dentro del bolso y la sacó con rapidez.
La bocina del colectivo junto a la ventana la volvió a la realidad. Oía el acompasado tic..tac…Se incorporó en el sillón y caminó lentamente. De pronto se sintió vieja. Vieja y sucia. Se acercó a la cama. Ajustó las sábanas. Innumerables pétalos de rosas rojos bailaban sobre la suave blancura. Acomodó el cuerpo deshilachado de Ana sobre la derecha de la cama. A la izquierda JC.

lunes, 12 de mayo de 2008

Querida, voy a comprar cigarrillos

Salió apurado como quien está por perder el tren. Llovía, pero eso no lo detuvo.
-¡Querida, voy a comprar cigarrillos!! Fue lo último que se le escuchó decir y luego…. la ausencia. Pasaron horas, días. Todos los que conocían el amor que Juan sentía por Dorita, supusieron que algo inesperado, extraordinario había pasado. No se lo podía haber tragado la tierra. Era incapaz de abandonar su casa, su familia, sus perros. Eso fue lo raro, los perros de Juan. Dos labradores sumamente cariñosos, se tornaron, de pronto, desconfiados, gruñones, casi agresivos. Durante el día andaban sueltos por el jardín, rondando un rincón del quincho. No se alejaban de allí. Pero lo peor pasaba de noche. A la misma hora que Juan salió a comprar cigarrillos comenzaban a aullar y cada noche, desde el desvanecimiento material del hombre, repetían el mismo llanto lastimoso.
Y digo, desvanecimiento, porque eso fue realmente lo que pasó. Aunque sería imposible explicar claramente lo sucedido, trataré de relatar lo que mi pobre y envejecida memoria recuerda del hecho que nos tuvo en vilo durante mucho tiempo.
Aparentemente, el muchacho salió de la casa en el momento en que una terrible tormenta se desataba sobre el villorrio. Truenos, rayos y relámpagos caían aquí y allá y el cielo no dejaba de tronar y enviar cataratas de agua sobre la tierra. Juan llevaba un paraguas cuya punta y mango eran de metal. Había sido de su difunta madre y lo usaba sólo de noche. Era muy antiguo, pero aún así le tenía un afecto especial. Se sentía protegido por el recuerdo de su madre en noches tan ingratas. Continuando con el relato, al salir de la casa, algo debe haberle llamado la atención en el jardín porque se dirigió hacia allí, en sentido contrario a la calle. Y eso es todo lo que conocemos o sospechamos. No tenemos la certeza de que las cosas hubieran pasado de esta forma, son todas conjeturas que fuimos armando a raíz de los descubrimientos posteriores a la fatídica noche a la que nos referimos.
Como Juan no llegaba, Dorita se inquietó, y comenzó a llamar a quienes pudieran haberlo visto pasar, o a quienes pudiera habérsele ocurrido visitar. A pesar de la gran lluvia que caía, era loquísimo pensar que podía desaparecer en la noche sin dejar rastro. Alguien debía saber algo. Llamó a Aldo, su mejor amigo, con el que compartían fútbol y asados; Raquel, la dueña del quiosco, quien además era la que les había entregado los cachorros; y por supuesto al padre de Juan que vivía en una casita en la esquina, solamente acompañado de Pelufo, un gato mañero. Nadie lo había visto. Así, en las primeras horas de la mañana y después de haber pasado la noche oyendo aullar los perros, dio aviso a la policía, que llegó a media mañana a tomar declaración. Intentaron tranquilizarla, - seguramente su marido se había quedado tomando una copita con algún amigo y que si al llegar la noche no volvía, llamara nuevamente a la comisaría a ver que podían hacer-. Dorita no lo podía creer, no lo buscarían. Pobre Juani! Donde andaría!. Al llegar la noche y con los aullidos como cortina de fondo llamó nuevamente al comisario rogándole que lo buscara, que algo le había sucedido, que él no se iba a ir así como así, su marido no era de esa clase de hombres. La policía comenzó buscando en la casa. Los intrigó la actitud de los perros que no dejaban de dar vueltas en círculo en ese rincón del jardín. Y hacia allí se dirigieron. Nada había que llamara la atención, así que husmearon un poco aquí y allá y se dirigieron a buscar pistas mas firmes por el barrio.
Los científicos dijeron luego que, seguramente, al salir Juan, un rayo habría sido atraído por el paraguas y que esa fuera la causa del estado del pobrecito. Porque volvió, si. Lo descubrió Emilse, la empleada de la limpieza, varias semanas después, cuando estaba barriendo el quincho. Los perros no la dejaban acercarse al rincón, junto a la parrilla. Pero con mucha paciencia les fue ganando la confianza. “Qué le iban a hacer, si ella los había cuidado desde que eran cachorritos?” Y así, con cuidado, fue llegando hasta ese rincón. Y lo vio. Juan había vuelto por fin. Estaba igualito a sí mismo. Con su camisa de franela a cuadros, su jean y el paraguas de la mamá con las grandes flores amarillas. Aparentemente fue apareciendo de a poco, porque nadie antes lo había notado, ni siquiera la policía cuando recorrió todo el quincho buscando alguna pista. Solo que volvió en forma de mancha, una enorme mancha de humedad, como si fuera un dibujo en papel carbónico plasmado sobre la pared de cemento, una fotografía en blanco y negro tomada de sorpresa en medio de una carrera, sosteniendo con fuerza el mango del paraguas, mientras luchaba contra el viento y mirando con cara de asombro como si descubrieran haciendo una travesura.
Allí estaba, inmóvil, la mirada fija en un punto más allá de la corporalidad de Emilse.
Durante un tiempo, el quincho fue lugar de peregrinación. Los perros murieron de viejos y fueron enterrados allí mismo, a sus pies, “para que no se sintiera tan solo el pobrecito”. La gente del pueblo le acercaba chicos enfermos, flores, estampitas, medallas, botellas con agua bendita. Le rezaban novenas. Si hasta quisieron construir una capilla en ese lugar. Hasta la muerte de Dorita, cuando Juan terminó de desvanecerse y sólo quedó la tumba de los perros y los restos abandonados de la devoción popular.

Letras amigas

Adelante mis amigos!
Los espero con los brazos abiertos y un rico matecito amargo (o dulce), café, té, chocolate o...

Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.