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martes, 13 de mayo de 2008

Ana


Sentada en ese rincón donde tantas veces charlaba con Ana- mientras intentaba en vano suavizar el oscuro trazo de sus ojeras-, sonrió tristemente. Oía el rítmico sonido del reloj de pared, apagado por la caja de vidrio: tic…tac…tic…tac. .Cuánto les gustaba escuchar- agotadas de placer -, el lento latir del reloj, apoyadas sobre el vasto respaldo de madera. La luz de la mañana comienza a colarse a través de las rendijas de las persianas cerradas. Luces y sombras se entremezclan dibujando siluetas amorfas. Tiene frío. Intenta cerrarse la camisa de seda azul y siente sus manos sobre la piel. Recuerda que se la quitó con desesperación, sintiéndose sucia y la lanzó lejos. Desanimada y triste, recorre la habitación con la mirada y la descubre, sobre el enredo de sábanas, colcha y almohadones. Se agita como en un sueño. Juraría que oyó la risa despreocupada de Ana, burlándose de JC. Un escalofrío de placer la recorre al recordar las manos suaves, cálidas sobre su espalda, subiendo y bajando lentamente. El temblor apasionado y vehemente de los dedos en su piel, entre sus piernas. Penetrando en su cuerpo, recorriendo cada recodo, cada curva, cada ángulo.
Se recogió sobre sí misma sujetándose el vientre con sus brazos y lloró. Lloró hasta que se quedó sin aire. Lloró hasta que sus ojos se secaron y su piel quedó tirante y dolorida. Lloró hasta que sólo quedó el presente y se olvidaron las caricias, los besos, las noches de viernes juntas, riendo y besándose; leyendo y besándose; comiendo y besándose. Viernes de encuentros apasionados cuando JC no estaba y ellas podían ser felices juntas.
Es viernes. Hoy tenía que estar con Ana. Quiso darle una sorpresa en el lugar de sus encuentros secretos. Era su aniversario. Una fecha que sólo ellas conocían.
Debía dejar todo preparado el día anterior. Cerró la oficina y fue a comprar el salmón, la salsa de soja, la palta y los langostinos para sushi. Se dirigió al barrio chino. Necesitaba una cuchilla bien filosa para cortar el delicado salmón y los rollitos de arroz. Feliz, llegó al departamento.
Se detuvo frente a la puerta, sonriendo sobre el felpudo que habían elegido juntas una tarde de verano, caminando por el Tigre. Buscó las llaves dentro del maldito bolso. Escuchó voces. Pegó la oreja a la puerta. Oyó su nombre en los labios de Ana y luego una carcajada. Y oyó palabras de amor con otro nombre. Y risas y murmullos de pasión. Cerró los ojos con fuerza. Encontró las llaves junto a la cuchilla. Entró sigilosamente. Los vio allí, sobre la cama. Desnudos en un revoltijo de almohadas y sábanas. Anita, su Anita, su amor. Sus manos en otras manos, su cuerpo en otro cuerpo. Y se vio, ella misma, reflejada en el espejo. Ella y su estupidez, su dolor y su asco. Hundió la mano dentro del bolso y la sacó con rapidez.
La bocina del colectivo junto a la ventana la volvió a la realidad. Oía el acompasado tic..tac…Se incorporó en el sillón y caminó lentamente. De pronto se sintió vieja. Vieja y sucia. Se acercó a la cama. Ajustó las sábanas. Innumerables pétalos de rosas rojos bailaban sobre la suave blancura. Acomodó el cuerpo deshilachado de Ana sobre la derecha de la cama. A la izquierda JC.

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Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.