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viernes, 16 de mayo de 2008

Hola?


Ana María se sentó a esperar. Todo el día se paseó alrededor del teléfono. La campanilla no sonaba. Y ella, de aquí para allá, sin poder alejarse ni dos metros. ¿Por qué desgraciada razón no se había comprado el inalámbrico? Marta se lo había dicho: - Pero nena, todavía no tenés un inalámbrico, ni cable, ni celular? Después decís que no te avisamos nada-. Marta tenía razón. Era una negada tecnológica.
Con cincuenta años sólo podía manejar la computadora, pero con el programa instalado, y esto lo había logrado porque su jefa se lo impuso: -O aprendía a usar la PC o la pasaba al último rincón del archivo a clasificar papeles inútiles-.
Y ahora lamentaba no tenerlo porque desde hacía dos meses, todos los martes, justo cuando ella estaba en la ducha, sonaba y sonaba el muy desgraciado. Al principio pensó que la llamada era del geriátrico: le pasó algo a mamá!. Salía desesperada de la bañera, enjabonada, con los ojos ardidos de champú y sujetándose de los muebles para no patinar. Envuelta en la primera toalla que manoteaba, que para su desdicha siempre era la de mano, lograba sujetar el teléfono:- Marcela?- Escuchaba como a través de un túnel. -Marcela?- Repetía la voz gutural.
Durante las primeras llamadas y, a pesar de la bronca, respondía: “Equivocado”. Después, sucesivamente: ¿Con qué número quiere hablar? Otra vez usted? Se cansó de repetir: Equivocado! Marcá bien, tarado!, Idiota!, Dejá de joder!, Voy a llamar a la policía!
Entre tantas idas y vueltas del baño al teléfono y del teléfono al baño, consiguió una lumbalgia cuando se agachó a sujetar la toalla; un golpe en la frente con el borde de la ventana, que no llegó a ver por el champú en los ojos; un esguince de tobillo cuando saltó de la bañera y pisó mal. Estaba atemorizada. Se sentía espiada, acosada, perseguida. Intentó cambiar los horarios. Se bañaba después de cenar, al llegar, antes de acostarse, se levantaba a media noche. Daba igual. El maldito sólo sonaba cuando ella entraba en la ducha. Hasta que se acostumbró. Ahora fantaseaba con las llamadas. Iba a la peluquería a teñirse las raíces, se pintaba tímidamente y hasta comenzó la siempre postergada dieta. Tal vez fuera alguien conocido. De la oficina, del banco, o del geriátrico. Porqué no?.Un cocinero o un enfermero, o el portero, o el desinsectador, o el farmacéutico que le aplicó el anti-inflamatorio aquella vez que intentó bailar salsa y en un bamboleo quedó torcida por el ciático.
Otro martes terminó y no se oyó el rítmico campanillear. Tuvo la certeza de que la voz llamaría antes. Antes de que la lluvia cayera sobre su blando cuerpo. Cansada y sola, apoyó la cabeza sobre su brazo y esperó. Pasó la noche y Ana Maria amaneció en la misma posición. Con los ojos enrojecidos de sueño y llanto entró a bañarse. Sonó el teléfono. No se apuró. No tenía ganas. Estaba agotada. Cerró los ojos y dejó que el agua tibia, cercana, amiga, acariciara su cuerpo.

Cris.

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Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.