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sábado, 18 de octubre de 2008

De noches y azahares



Caminó balanceándose como si bailara al son de algún instrumento invisible. Sintió su cuerpo ligero y pudo correr sin cansarse entre los jazmines del país.
Olfateó el aire aromatizado de humedad y desentrañó los encantos de la noche. Esperó tenso el antiguo mandato para el que había sido creado. Presintió que no faltaba tanto. Lo pudo oír en el crujido de los árboles con el viento, en el movimiento sigiloso de los animales nocturnos, en el canto enloquecedor de las ranas. Estaba preparado. Sólo esperaba el impulso que lo lanzaría hacia su destino.
Había visto partir a otros como él y jamás los vio regresar. Ahora era su turno. En ese mundo de incertidumbre él tenía una única certeza, la razón para la que había sido creado. Ese era su fin único y último. El sentido de su existencia. Aspiró por última vez el aroma a azahares, sabiendo que ese pequeño placer de respirar la noche moriría con el primer rayo de sol. Abrió grandes sus ojos amarillos, se impulsó y saltó a la ventana. La muchacha lo tomó entre sus brazos y lo acunó. Nuevamente, la profecía se cumpliría.
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Carla dejó la rosa seca sobre la mesa. Acarició con cuidado el libro que estaba junto al piano y se sentó en el suelo frente a la ventana.
La noche crecía en oscuros y una aureola tibiamente rosada envolvía una enorme luna amarilla. Noche hermosa de verano oliendo a azahares y jazmines del país. Afuera cantaban todas las ranas del mundo. Por la ventana abierta de par en par entraba sigilosa una brisa fresca que presagiaba una mañana luminosa.
Carla sabía bien que este pequeño placer de respirar la noche, moriría con el primer rayo de sol. Se estremeció al pensar en ello y se recogió envuelta en su camisón, acurrucada en ese rincón del living.
Un crujir cercano la volvió a la realidad. En el marco de la ventana se recortaba, oscura, una silueta donde brillaban dos enormes ojos amarillos. Carla se acercó y tomó al intruso entre sus brazos, acunándolo como a un niño. Le habló dulcemente al oído hasta que se durmió.
Flotando entre aroma de azahares lo llevó hasta la mesa, y lo dejó allí, junto a la rosa. Acercó el libro de tapas de cuero que casi vivía junto al piano y lo abrió en la página 245. Estaba todo en esas hermosas ilustraciones. Procedió como antes lo hicieron otros y cerrando cansadamente los ojos dejó que la noche la poseyera. De entre su cuerpo joven surgió una danza que la envolvió y la condujo hasta el pequeño intruso. Con labios rojos de sangre besó ese palpitar de vida y se sumergió sedienta.
Entre gemidos y estertores continuaba su danza. Danza de amor y de vida, de noche y de muerte.
El verano irrumpía por la ventana del living. Hilachas de oro caían sobre la mesa. En el centro, junto a un libro antiguo, yacía Carla con una rosa seca. A su lado, sobresalían entre pequeños despojos, unos ojos amarillos.

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Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.