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jueves, 7 de enero de 2010

Sueños rotos

Elena caminaba sobre pétalos de amancay. No los veía. La mirada estaba fija en su corazón muerto. Y hacia allí dirigía sus suspiros.
Me la crucé cuando iba al mar. Llevaba un pantalón oscuro y el cabello al aire.
Ardía el horizonte. Los últimos pájaros emprendían su regreso y ella trepaba la rocosidad nocturna. Su andar tenía la premura de una canción de cuna, y sus manos trenzaban y destrenzaban dedos adormecidos de caricias.
Yo oía el crujido debajo de sus pies de lino y soñaba con alcanzarla. Me estiraba para verla y escondía mi mirada detrás de las luciérnagas de brillo intermitente. No podía oírme. Sin embargo, su andar me buscaba.
Enardecido de espera, alcancé su figura. Fui su sombra, su aliento, su miedo.
La seguí hasta que llegó a la orilla del acantilado. Dejé que sus lágrimas jugaran con el viento y sujeté con mis labios su pelo desnudo. Ella dudó cuando mis brazos se abrieron para recibirla. El aire sacudía sin piedad su cuerpo de sueños rotos y gotas saladas corrían, sin propósito, hasta la boca. Y cuando se lanzó, la rocé con un beso.
La sentí temblar en el vuelo y así, abrazados, penetramos la oscura frialdad.
La dejé dormida entre algas perfumadas de coral. Y sellé con mi sangre su palidez de sirena.

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Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.