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martes, 30 de marzo de 2010

Verano en sepia



La tarde cerraba sus ojos. Mi mirada estaba fija en esa línea media entre lo real y lo fantástico. Una corriente de palabras silenciosas nos envolvía. De pronto, como si emergiera de un sueño, Clara silbó esa melodía que fue nuestra aliada durante mucho tiempo. Comenzó con un siseo, levantó vuelo y fue toda canción resonándonos en el cuerpo.
Siempre pensé que las despedidas deben darse solas. Sin gestos ampulosos o de reproches. Sin lágrimas. Sin temores. Así. Con una suave música de adiós. Entonces nos miramos y una sonrisa de ternura bailó en nuestras bocas, subió por nuestras mejillas y se sumergió en nuestros ojos. Sus labios formaron un corazón de manteca y miel sobre los míos. Y fuimos dos estrellas fugaces enlazadas en un instante eterno.
Acaricio su recuerdo desde una foto sepia que encontré esta mañana. Después de tantas vueltas y tantos errores, hoy vuelvo a pensar en aquel verano de verdes intensos y azules violentos. De besos fugaces, secretos, peligrosos.
Desde la foto, su mirada silenciosa me aturde. Su sonrisa me inhibe. Hubiera querido besarla de nuevo, como última ofrenda a un verano adolescente. Con gesto cansado doblé la imagen. Esta despedida no se parece a aquella y sin embargo aún escucho nuestra melodía.

Cris.

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Soledad

Soledad
Abrir la puerta de mi casa es todo un desafío. Mi casa y mi corazón. Y no es necesario usar llaves. En este pequeño lugar del universo no son necesarias porque aquí está todo a flor de piel: olores, sabores, murmullos, gritos y silencios. Luces y sombras de ciudades y desiertos. La vida, el amor y la muerte. Y las palabras como hilo conductor. Sólo las usaremos para abrir, si fuera preciso, diminutos cofres de confidencias, sueños y locuras varias compartidas con todos ustedes.
Bienvenidos a casa!
Cris.